Una linda tarde
Relatos Gay desde el Cuarto Piso
RECUENTO DE RELATOS DE AMÍLCAR, LEYENDA URBANA. ENTREGA No. 5.
(Primera temporada; continuación de la entrega No.4. Título original: "Mi Primer Trío", completo y corregido).
UNA LINDA TARDE.
Nuestra piel era suave y tersa, nuestro olor casi infantil. Dos teníamos 16 años y el otro, casi 15. El momento fue tan lindo y aunque a mi mente se le escapan pocos detalles me queda la sensación de que pude haber memorizado más. Llegué a casa de mi amigo como a las 2 pm, era un día sábado. Me había prometido una sorpresa. Pensaba sacarle sangre otra vez para que se le quitara eso de andarme celando. No imaginaba lo que iba a pasar.
Al llegar, me pidió perdón por su escenita. Deseaba que ahí mismo me la mamara. Haciendo pucheros para que lo perdonara me llevó a la habitación. Sobre la cama estaba el morrito, su vecino, acostado boca abajo desnudo, mi erección tambaleó. Era bellísimo en verdad: Blanco, robusto, tierno, baja estura, ojos claros, labios perfectos, su espalda remataba en unas preciosas nalgas bien paraditas, bañadas en diminutas perlas de sudor, su vello tan fino era casi invisible. Tímida la mirada, intrigante; movió los pies al verme. Volteé sorprendido y mi amigo en la puerta ya estaba desnudo también, su cuerpo delgado, su pene depilado y duro. "Esta es la sorpresa, querías culo ¿no?, haber si aguantas" dijo. A una seña, el chico se levantó y entre los dos me desnudaron. Pasaron sus manos por todo mi cuerpo, besaron. Me acostaron. De Miguel sabía que cuando besaba soltaba su aliento como si quisiera asfixiar y no daba tregua, comía, lamía, metía su lengua en mi oreja, mordía mis lóbulos, me decía cositas, susurraba que mi vergota era suya, preguntaba si quería culo, si le daba mi leche, que por favor se la diera... Pero esta vez se contuvo dando espacio al morrito que dispuesto con el cuerpo pero tímido no se atrevía. Lo jalé, lo abracé, su piel tan suavecita. Me montó, por fin me besó, sus labios tensos no se abrían, le metí la lengua, no sabía besar. Miguel bajó a chupar, sobar, lamer. Me convertí en un objeto. El morrito comenzó a calentarse, deshinibirse. Nos besamos con intensidad. Me soltaba y me veía, su pene pegado a mi cuerpo. Miguel la tragaba hasta donde podía, aunque abría lo más su boca, sus muelas presionaban, parecía que vomitaba. Yo atendía al que enseñaba. Soltó su cuerpo, escuché su primer gemido, chinita su piel. Agarré sus nalguitas, las abrí fuerte. No veía a Miguel, sólo sentía su lengua que ahora recorría mis piernas, ingle, llegó a mis pies, al meterse uno de mis dedos, gemí y besé más fuerte. Miguel llamó a su socio y fue a chupar también mis dedos, uno en cada pie, acomodándose de perrito, mostrándome sus nalgas, uno a cada lado. Lamí las cuatro nalgas, chupé, mordí, las marqué. Hacía mucho calor. Vi el culo del morrito, íntegro, completo. Le pasé la lengua, soltó mi pie, me di cuenta que le gustó. A Miguel le metí un dedo, lo recibió bien. Qué rico el olor de culo lampiño, apretado. Miguel aguantó dos, tres dedos. Se movieron y se fueron sobre mi verga. Me recosté. Mi mirada al techo, los dos mamaron, uno lamía, otro chupaba, se besaban. Así había sido mi primer cruising pero ahora era más rico. Cuatro manos, masajeaban mi miembro, mis pelotas, dos bocas peleaban por tragar, por comerse este pedazo de carne que de mi padre había heredado. Qué rico. Los ví, era hermoso. Dos chicos desnudos apresándome, devorándome. No iba a aguantar. "Ya viene, dije, ya viene". No me hicieron caso. Solté mi esperma, saltó fuerte, un chisguetito primero, se separaron para ver, el segundo disparo salió poderoso a la cama y más y más... Se lo pelearon, se comieron todo. Batida la cara, manchado el cabello. Pujé fuerte. Siguieron chupando. Mi pito era como una vela que se ha escurrido la parafina. Resoplé, aguanté... Era sólo el principio. Tenía la obligación de desvirginar al morrito, Miguel me iba a ayudar...
Estaba recuperándome cuando volvieron a besar, sus bocas sabían a cloro, almizcle. Pastosas. Lamieron todo mi cuerpo, era tan rico que sentía desmayarme. Recuperé la erección, me salió más líquido. El morrito se subió en mí, poniendo sus nalgas en mi cara, las abrí, hermoso culo, veía su espalda. Miguel volvió a mamármela, dijo "ya no aguanto", me puso lubricante y sentí cómo su culo empezó a tragarme. Su ano suave y caliente era una delicia. Alcanzó la base. Se la comió toda. Estando de frente al chico, montados en mí, se besaron. Yo chupando el ano virgen, trataba de meter los dedos. Mi verga atacada por Miguel. Pasaron varios minutos. Avisé "ya Migue, ya casi" arreció sus sentones, le dejé toda la leche adentro. Mientras jalaba aire ellos no me hacían caso, seguían besándose. Se movieron. Quise descansar, no me dejaron. Se acostaron. El culo de Miguel soltó mi semen, sus penes parecían explotar. Así de rodillas, vi cómo se dedearon. Me excité mucho, me la jalé, se me paró otra vez. Abrazados de lado, el chico dándome la espalda en posición fetal intentamos meterla. Ni esperanzas de que pudiera entrar. Nos movimos muchas veces. Arriba, abajo, de lado, de pie, de perrito. Miguel lubricaba el ano del morrito y mi verga. Estaba muy apretado. En un intento, él sin ayuda, se acomodó e hizo fuerza para meterse un poco más que la cabeza. Parecía una mariposa siendo atravesada por un alfiler. Entró un poco, le dolía mucho pero aguantaba. Se la sacó. Me encantó ver su gesto retorcido, valiente volvió a montarme ahora de cuclillas, tomándola con una mano y dirigiendo a su agujero, cedió, entró más. La volvió a sacar, y otra vez. Así estuvo varios minutos. No sabía cuánto tiempo habia pasado. Miguel intentó besarme y el chico lo impidió. "Y ahora este pendejo ¿qué tiene?" dijo. Reí. Concentrado el morro, le entraba fácil la mitad. Super lubricado y dilatado. De pronto, despacito, cada centímetro fue abriendo camino. Mi verga palpitaba, veía cómo disfrutaba. Miguel mordía mi pecho, chupaba mi cuello. El chico en lo suyo, cuando la tuvo toda, se quedó viéndome. Entendí que hablaba con los ojos. Pude moverme... Lo cogí como quise. Miguel pidió también. En un momento, los tuve a los dos juntos alternando mi verga en los agujeros. La habitación olía a puro sexo, la sábana, las almohadas. Me vine en sus culos, en sus caras. Me dieron mi leche en la boca. Nos ardieron los labios, me dolió la verga. Perdimos la noción del tiempo. Me habia venido cinco veces ya. Probé el semen dulce del chico, parecía decirme que me amaba. Miguel aguantó los celos, hasta que caimos... Desperté y los ví, abrazados a mí, dormidos. Los acaricie, su piel era tersa. Sus nalgas lindas, sus anos abiertos, sus penes sucios, sus cuerpos mojados. Mi verga pegajosa. Despertaron y mamaron otra vez. Intenté metérselas, ya no quisieron. Gané, había ganado. Volví a venirme, me salió un líquido transparente delicioso que comieron con gusto. Cuando pasó todo, reímos. Nos bañamos. Me temblaban las piernas... En la sala, Miguel se dirigió al chico hablándole como si tratara con un "menso". Dijo: "bueno, ya hice lo que pediste, ahora ya no volveremos a coger contigo, ¿sale?, bueno, ya vete a tu casa". Cuando quedamos solos, me contó que el chico le había llevado una carta donde le pedía que le ayudara, que quería estar conmigo, después de mucho pensarlo había preparado lo del trío, pero también me sentenció a que sería la última vez que lo haría, que no quería que volviera a cogerlo. Salí de la casa como flotando, sintiéndome el rey de las metidas... Cuando pasé por la casa del chico, él estaba en la puerta y me llamó, tocándose las nalgas. No, no podría volver a hacerlo, al menos no esa tarde. Ya no. Hice una seña que a la próxima, volteé a la esquina y ahí estaba Miguel con los brazos cruzados vigilando a que me fuera. Bajé la calle, en el Parque pedí fiado hamburguesas, me comí cuatro y tres sangrías. Fui a mi casa. Cuando llegué, mis papás, hermanos y cuñadas estaban tomando, bailando. Eran las 9 pm. Mis sobrinos corrieron a abrazarme gritando mi nombre. Padre Santo, no podía con mi alma, no iba a cargarlos. Mis hermanos me echaron carrilla: "es tragón ese Miguelito", "vas a matar a alguien", "te llevo al hospital", "llegó el lechero", "¿ya te lavaste?", "ponte Vitacilina", "échate unas ojeras". Todos riendo. Les hice la seña de la mentada y fui a mi cuarto, corrí a mis sobrinos. Me tiré a dormir con todo y ropa. Había sido una tarde genial. FIN.
LEYENDA URBANA.
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