El Chacal de la Colonia LU23-T1
Relatos Gay desde el Cuarto Piso
Colaborador: #relatosleyendaurbana
EL CHACAL DE LA COLONIA.
Después de titularme de la Uni, comencé mis estudios de especialización. Como ahora todo corría por mi cuenta, para evitar el pago de renta compré un departamentito en una colonia muy bonita y segura pero alejada del Centro de la Ciudad. Con todo me sentía muy feliz. Desde el principio caí bien en el lugar pues los fines de semana, en mi tiempo libre, daba consulta gratuita en la pequeña unidad de salud. La tarde que me presenté, llegó un joven guapísimo con apariencia de delincuente; fuerte, semblante agresivo y rudo, aspecto callejero, descuidado, mamado, Chacal, tenía 30 años. Desde que entró, todo sacado de onda, supe que tenía "un problemita de ahí" y no me equivoqué. Realicé la revisión y al ver que contaba con el medicamento que necesitaba, de una vez le surtí la receta. Quedó muy agradecido. De eso, siempre que me encontraba, saludaba muy amable y respetuoso; una ocasión me presentó a su hermanito, también con una aparente disposición para hacerse de lo ajeno, tendría el chico unos 23 años, se llamaba Cristian y le decían "El Bonito"... El portero del edificio me contó que pertenecían a una banda de asaltantes que a la vez daban seguridad a la colonia, delinquían en otras partes pero ahí, según su dicho "los vecinos son intocables"; su líder era ese al que había atendido, apodado "El Macizo", o sea que "tenía paro"... En las noches salía a correr y me echaba un tacazo de ojo. En un espacio como parquecito a donde iban los colonos a ejercitarse. Había un área de aparatos de gimnasio de los que llaman "barras". De pantalón aguado de mezclilla, camiseta y la infaltable gorra, los jóvenes reconocidos de esa banda se prendían a los fierros, levantaban sendos bloques de cemento o se colgaban de una liana, trepando. Sus rutinas eran bien intensas y se apoyaban para llevarlas a cabo. Después de hacer las repeticiones, levantaban los brazos, posando los bíceps, la espalda o el abdomen duro como piedra; sudando y jalando aire bromeaban, concentrados. Algunos discretamente se echaban sus caguamas, pero eran respetuosos con los demás, a nadie ofendían y si alguien ajeno a su círculo quería ocupar los aparatos, cedían su turno y hasta ayudaban. Había de todos los tamaños y colores, pero sin duda, sobresalía el carnal del "Macizo". Cristian, era el más guapo y sensual; delgado, moreno, ojos claros, super marcado del abdomen, lampiño por lo que podía verse y con una sonrisa bellísima, he de ahí el por qué de su apodo, el wey estaba bonito (maldita sea mi suerte). En fin. Pasaron los meses, supuse se habían dado cuenta que me gustaba "morderle la cola al Diablo" porque me visitaban algunos "amiguitos". Aún así, todos me estimaban y respetaban y cuando iba a correr saludaban de lejos con la mano; alguna vez salí a un compromiso vestido de Vaquero, me vieron y me pusieron de apodo cariñoso "El Cowboy". Me gustó...
Una noche fui de antro con dos amigos; en la madrugada al salir, nos fuimos a sentar al Zócalo. Ahí estábamos cotorreando cuando vi al hermanito del "Macizo" hablando con una persona mayor. Imaginarán lo que pensé a lo que se dedicaba. Mis amigos se fueron pues yo quedé esperando a un wey que pasaría por mí para darle sus buenas empujadas de chorizo. Unos cuantos minutos después de que quedé solo, llegó "El Bonito" a sentarse a mi lado.
-- Qué hubo jefe, ya saliendo de bailar -- dijo muy seguro de sí mismo y preguntó en el mismo tono del que saluda-- ¿Ya se va para la colonia?
++ Sí, ya. Estoy esperando a un amigo que me va a dar un raid. Respondí, sin dar importancia a que se tocaba el paquete, que por lo visto (de reojo) ya se le había levantado.
De pronto, cambió su actitud. Comenzó a hablar como en susurros y con los ojos casi como afligidos. Soltó lo que quería proponer desde que se acercó.
-- Oiga jefe, ¿no quiere chuparla? -- dijo y se la agarró ya bien parada, se veía grandota-- podemos ir aquí cerquita. Volvió a decir bien caliente y "seductor".
No contaba el chico con que yo inventé la seducción en la calle.
++ Nel chaparrito, sólo la chupo a quien la tiene más grande que yo. Respondí, agarrándomela y que ya la tenía parada y acomodada a un lado.
La vio y sacó los ojos; volteó para todos lados y casi relamiéndose, dijo.
-- ¡Aumadre jefe!, ¡Se ve bien grandota!, vamos para allá, haber si está más grande que la mía.
++ Nel --respondí-- nos van a ver.
-- No jefe, nadie ve, los polis están a la vuelta y los mayates ya saben que no se acercan si ven que alguien va para allá. Repuso nervioso y caliente.
Lo pensé, pero tenía unas cervezas encima, además del peligro de hacerlo en público que es tan emocionante.
++ Vamos pues --acepté-- pero adelántate, yo te sigo. Terminé diciendo.
Serían como las cuatro de la mañana.
Se levantó y caminó discreto, se metió en un pequeño espacio abierto de una reja y se internó a donde habían unos arbustos de la jardinera en total oscuridad.
Volteé para todos lados y me lancé, algunos trasnochados nos vieron... Chinguesumadre, pero si la putería no para... Estaba de pie, sostenía su pantalón abierto con la verga de fuera, colgando, la luz de la luna permitía verlo aunque en penumbras. Muy buena verga, con el prepucio pegadito a la mitad de la cabeza, la piel del falo flojita, venas palpitantes; depilado, huevotes. Debía medirle como 19 cm. Sonriente, presumía orgulloso su animal de Chacal. No era nada. Abrí mi pantalón y saqué mi hermosa verga gorda y enojada porque la habían retado, como la obesa que saliendo del Zumba pasa por el puesto de taquitos y se ofende. Exprimí y salió el hilillo de agüita que tanto enamora. La agarré con las dos manos del tronco a la punta y sobresalía un pedazo y el glande. "Creo que la tengo más grande" dije. Quedó viéndola que ahora se movía sola, con la fuerza de mis esfínteres.
-- No mame jefe, qué vergota se carga --dijo agarrándola-- debe doler ¡un chingo!. Dijo, agachándose quedando de rodillas, sobando y revisando. Quise reírme porque pues ni se la había invitado y ya casi la chupaba. La olió, lamió el líquido. Agarró su gorra y se la puso por detrás, me calenté. Era emocionante estar en pleno parque y con este soberbio ejemplar de hombre... La tragó, y empezó a chupar moviendo su cuello con ritmo exquisito, con paciencia, gusto, como debe de ser. Movía su mano y volvía a tragar, no dejaba de decir vulgaridades. Le entraba hasta topar y su lengua se movía al pasar la carne. Estando de pie, podía ver a los lados y como el ciprés podado me quedaba a la cintura, nadie veía lo que él hacía aunque los que nos vieron entrar, lo supusieran. "Qué rico pito --repetía-- qué rico pito" y chupaba y chupaba. Imaginé su culo, ansié probarlo. Para calar si lo iba a prestar, le dije "creo que me voy a venir". Se levantó y se quitó el pantalón y la trusa blanca "Zaga". Sus piernas eran peludas y marcadas, sus nalgas también muy formadas. "Métamela jefe, aquí tengo condones". Dijo, bien caliente. Dudé, pero pudo más la calentura. "Aquí traigo mis condones, esos no me vienen" le dije y su cara hizo un gesto de sorpresa, como de dolor. Así de playera, tendió su pantalón en el pasto y se puso de cuatro, ofreciendo su ano, que no alcanzaba a ver bien. Observé los coches y patrullas que pasaban sobre la avenida, se escuchaban ambulancias a lo lejos, presentía las miradas unidas a los pasos de los que daban vueltas al parque. Mis piernas temblaban... Bajé mi pantalón, me hinqué y tallé a lo largo mi miembro en su culito, se sentía suavecito. Rodeé su diminuta cintura con las manos; le agarré la verga, estaba durísima; pasé los dedos por su glande. Olí. Olor a macho, sudor, orines, vestigios de sexo de la mañana; la tenía sucia, qué guarro, qué excitante...
... "Ya póngase el condón jefe, métala de una vez" dijo pausando su respiración. Seguí acariciando su ancha espalda, perfecta en triángulo, sus nalgas duras. "Nel --respondí-- aquí no" y me levanté. Preguntó la razón. Mientras la guardaba y abotonaba mi pantalón le dije que íbamos a tardar mucho para que pudiera entrar, diciendo eso salí de la jardinera. Y es que era neta, para echarnos un rapidín no la iba a aguantar. Salió atrás de mí, "vamos a un hotel o a un vapor; ahorita está abierto un vapor que conozco, ¡vamos jefe!" Dijo insistente. Dudé, pero sí estaba caliente y seguramente el wey que estaba esperando ya había pasado. Acepté. Tomamos un taxi y fuimos al vapor. Se adelantó a pagar y pedir un privado. Dejando nuestra ropa, lo vi bien desnudo, era bellísimo. Pedí que se dejara la gorra. Temblaba. Al entrar al reservado envueltos en toalla, jaló mi brazo y me besó. Qué rico lo hacía. Se prendió a mi cuerpo como si fuéramos novios, diciendo "ptm, jefe, he querido hacer esto desde que lo vi, alm, tengo clavado un vidrio por usted, usted es el chido". Y volvió a unirse a mí en un besote de lengua, qué atrevido muchacho, quería comerme. Arrancó mi toalla. Me agarró las nalgas y pegó su pene duro con el mío. Colgado de mi cuello, mordió mis labios, pasó la lengua por mi barba. Tenía mucha hambre. Se agachó a chuparla. Tragaba con ganas, succionaba dando un jalón al final moviendo el cuello. Mi verga palpitaba. Qué rico. Me dio vuelta, abrió mis nalgas, pasó la punta de su lengua en mi culo con una experiencia brutal. Varias veces de arriba abajo. Asumadre, qué rico lo hacía. Me incliné y agarré de la pared mientras se daba gusto. Entrecerraba mis ojitos y soltaba gemidos largos acompañados al final de una descarga de respiración. Empezó a hacerlo rápido y con fuerza. Metía su lengua, chupaba mis pliegues, mordía mis nalgas. "Cuánto quiero cogerlo jefe, zamparle la verga". Su voz de mariguano cerca de mi culo, calentaba bastante, excitaba de a madre, deseé que la metiera como decía. Poco a poco fui poniéndome en cuatro, abrió mejor mis nalgas y mordió, escupió y chupó como quiso. Estaba que le pedía la metiera, cuando me levantó y otra vez me besó, el sabor de mi culo en sus labios añadía más calor a mi sangre. Nos llenamos de saliva. Lo levanté y cargué pasando sus piernas por mi cintura. Pujaba metiendo su lengua. Sin dejar de chupar mi boca, a medias palabras, decía: "asptm, qué rico está, he imaginado comiéndole el culo, creí que era pasivo, no pensé que la tuviera tan grande, aahh, me va a dejar bien abierto, aaahhh, quiero que sea mio, no aguanto, alv, aahh, pica su barba, ahhh jefe...". No paraba de hablar, qué intensidad para fajar. Cargándolo, caminé a abrir tantito el vapor. Me senté en la barra. Agarré sus nalgas, se retorcía subiendo y bajando, su pito rozaba con el mío, chupaba mi cuello. El vapor resaltó nuestro sudor, su rostro era tierno pero a la vez rudo y salvaje. No me apresuré. Dejé que gozara como le viniera en gana. Bajó otra vez a chuparla, se ahogaba, limpiaba sus lágrimas. Arrebatado buscó los condones. Me puso uno y se montó. No hice nada, sólo lo sujeté de la cintura y disfruté su imagen queriéndose matar, ensartarse, reventarse el culo, sacarse sangre. A cada intento su abdomen se tensaba y sus cuadros iban y venían... "Qué hermoso hombre" pensaba mientras seguía intentando, hasta que dijo "no puedo, no entra". Pero cómo jijuelachingada que no entra. Me levanté y lo recosté en el piso, me tiré a su lado. Seguía arrebatado, hablaba. Puse un dedo en su boca pidiendo callara. Me vio con miedo. Le di vuelta, lento, muy despacio. Besé su espalda, su cuello, sus lindos labios. Lo abrace fuerte de la cintura por detrás, intentó volver a besarme pero lo impidió el gemido que involuntario soltó cuando le entró la puntita. "¿Ves que sí entra?" dije, apretándolo para distraer el dolor. Las venas de su cuello parecieron reventar, arqueó la cintura parando las nalgas y emitió gemidos fortísimos. Estaba muy apretado, pero seguí empujando, quiso moverse, no lo dejé. Entró otro pedazo, sentí cómo se fue abriendo. Llegó el punto en que gritó de tanto dolor.
-- ¿la va a meter toda?. Preguntó pujando, agarrando su rostro, lamiendo sus lágrimas.
++ Sí flaco, toda tiene qué entrar. Respondí presionando y mordiendo su espalda.
-- alptm, jefe, duele mucho, duele un chingo. Dijo, agarrando mi cadera, arañándome.
No me detenía, tenía qué ensartarla toda sin piedad.
++ Ya falta poco flaquito, tienes qué recibirla toda antes de moverme. Volví a calmarlo.
Hasta que toqué lo profundo, mi pelvis llegó a sus nalgas hermosas, me quedé así.
-- No, no, no, sáquela, sáquela por favor jefe, me está matando, no, no, duele mucho. Se quejó, intentando moverse para adelante.
Lo calmé acariciándolo y tapando su boca, pero no resistía. "Esta bien, la voy a sacar pero ya no la voy a meter, entendiste" le dije como si no comprendiera.
Entonces se quedó en silencio, mordiendo sus manos. Jalaba aire, su culo parecía que me iba a cortar la verga. Así me quedé, esperando. "Eso, bebé, así va a estar contento, acostumbrándose ¿Sale?"... Movió la cabeza aceptando, sufriendo. Era virgen. Pasaron minutos que le resultaron eternos. "Ya, jefe, ya dele pero despacio por fa, aahh duele mucho". Me dio permiso. Qué buen culo. La saqué tantito, se puso chinito, la metí al fondo. Mordió sus labios. Despacito la saqué a la mitad, aguantaba. Ya estaba listo. Le puse un cogidón. A ratos muy rápido, después lento como queriéndolo en silencio. Otra vez rápido, metiendo la mitad y luego toda. Sus gritos de macho hacían resonar el pequeño baño, no importaba. Se la sacó y subió en mí, lo jalé para abrazarlo abriendo sus nalgas, le di para arriba muy rápido. Así gimió más, su vergota dura brincaba amenazante. No le entraba toda pero no exigí, dejé que la gozara... así estaba de frente a mí. Su rostro transfigurado me decía lo mucho que le gustaba...
"¡Ya, ya, yaaa, ¡Yaaaa!!!" Dijo pujando y su semen escurrió como un volcán sin fuerza en el último estertor dejando mi abdomen batido como engrudo, adhiriéndose a mis vellos. Se dejó caer en mi pecho temblando como agonizante. Lo abracé. Todavía respirando con dificultad, se movió para sacársela, así trepado en mí, volteó a verla, "chale, ya me rompió mi culito, salió sangre --Dijo agarrándola sorprendido, volteó a verme abriendo la boca y concluyó-- alv jefe, parece un tubo de galletas Marías". Me dio un ataque de risa. Tomó confianza y volvió a abrazarme, besó mi barba y me "tuteó"... "Wey, Amílcar, me gustas mucho, todo el tiempo pienso en ti, me da celos ver a los hombres que llegan a tu depa, quisiera partirles la madre; cuando te veo correr quiero ir contigo y ¡ptm! Cuando te vi de botas y sombrero me la jalé una semana completa imaginando tus nalgotas; a veces tomo y lloro. Todos me preguntan qué me pasa y piensan que es por La Nanci" ... Chale, chale, chale... Esa confesión me estaba poniendo los pelos de punta y para detenerlo apliqué la de los celos, esa no falla. "¿Quién ptm es La Nanci?" Pregunté como enojado. Se empezó a reír y dijo "Es una vieja con la que cotorrié hace tiempo, le metía duro la verga pensando que era tu culo"... Chale, qué intenso... Me levanté besándolo para bañarnos, tallamos nuestros cuerpos, me la agarró, "¿no te vas a venir? Preguntó... No dije nada. Me la chupó con amor, no tardé mucho. Cuando avisé, la sacó para jalarla, los chorros quedaron en su cabello, boca y hasta le entró en el ojo. Nos dio mucha risa. Volvimos a lavarnos dándonos unos besotes, ahora divertidos. Cerré el vapor. Nos recostamos y siguió confesando. "Todas las noches que salías de la colonia a dar el rol, te buscaba en los antros para ver si te encontraba, hasta hoy pude hablarte, pero la neta no pensé que me cogieras", sonreí malicioso y en silencio seguí escuchando todo lo que dijo. Saliendo del lugar, un tipo en el pasillo, al verme, dijo "chiquitito". Él volteó como fiera con los ojos llameando. El sujeto bajó la mirada con miedo... Sentí mariposas en el estómago...
Pasaba por el depa chiflando, era la seña para decir que me quería, así había dicho. Daba ternura. Nos veíamos en el Centro, cogíamos en hoteles, moteles, vapores, baños públicos, en la calle, parques, unidades deportivas, en mi coche. Fueron como seis meses de un romance intenso como su pasión por comerme. Le dejaba lastimado el culo y aún así no tenía empacho para entregarse, hasta le había enseñado cómo asearse de ahí. A cada encuentro llevaba un detalle, tuve qué decirle que no quería más regalos. Entendió. Estaba muy enamorado. Dejó la delincuencia, buscó un trabajo, se tatuó en la pierna la sombra de un Vaquero que parecía comercial de cigarros Marlboro. En la colonia todo normal, no se acercaba. Nadie sospechaba, ni siquiera volteábamos a vernos. Me separé de la putería, dejé mi leche para él... Un día, me inscribí en un seminario a celebrarse en Acapulco; le dije que no nos veríamos ese fin de semana. Viajé. Cuando salí de las actividades del primer día, en el lobby del hotel me estaba esperando; guapísimo, de bermuda, camisa y sandalias. Me causó gracia y ternura. Pintaba para días inolvidables y lo fueron. En mis horas libres salíamos a comer, de compras, nadar, caminar en la playa; fue tan lindo. La noche antes de regresarnos propuso ir a un antro de ambiente. Fuimos. Decía cosas muy bonitas mientras bailábamos y me daba ricos besitos. Lucía muy guapo y sumamente sensual, mucho más que los "gogos". Acostumbrado a que trataran de ligarme o que me vieran, no hacía caso de nadie. Él, celoso, veía feo a todos. Con las cervezas que ingeríamos cambió su actitud y llegó al punto que se enojó por alguna estupidez (nunca había pasado y eso que habíamos convivido así), pero fue peor cuando en una ida al baño, me siguió y golpeó a un morro que según "me estaba viendo". Escuché su voz, volteé y ya tenía al jovencito contra la puerta bañado en sangre. Lo agarré, nos sacaron. Muy enojado caminé por la Costera, rumbo al hotel. Atrás iba, discutiendo. Quiso pegarme, le hablé fuerte y lo dejé ahí. Más tarde, llegó a tocar la puerta de la habitación. Pidiendo perdón, llorando. Fastidiado, lo dejé pasar con la intención de no hacer escándalo. Me abrazó. Padre Santo, ¿cómo puede uno pasar del pleito al sexo tan pronto?... En unos segundos estábamos desnudos tirados en la alfombra, tragándonos la lengua, comiendo nuestros labios, lamiendo las orejas, mordiendo el pecho, las tetillas. Tallando nuestros cuerpos. Se la mamé como no lo había hecho, no paró de gemir y suspirar diciendo que me amaba y que era suyo, acariciando mis cabellos. Le puse un condón. Con los ojos irritados por el llanto, aturdido, vió cómo me subí en él, para ensartarme. No le había dado mi rico culito. Lo embarré de lubricante y poco a poco fui sentándome en su vergota de Chacal, hermosa verga, suave, pero muy dura. Cuando la tuve toda adentro, presioné su pelvis y ahogó un grito: se había venido. Agarró fuerte mi cintura, pidió perdón. Se movió, me cargó para depositarme en la cama. Rápido se quitó el condón, se puso otro. ¡Semental!... Se metió entre mis piernas y la clavó toda sin consideraciones, de un sólo empujón... ¡Ay cabrón! Lo abracé enterrando mis uñas en su espalda. Presionó como yo lo hacía. Así se quedó. Agarró mis pies para chupar mis dedos. Dolía. Aguanté. Sus besos estaban cargados de una pasión que no le había sentido. Luego, acomodó mis piernas entre sus brazos y penetró sin descanso a un ritmo perfecto torturando mi pobre próstata, ricas metidas, su cintura se quebraba en movimientos ondulatorios y después muy rápidos y cortitos. El orgasmo repercutió en mis latidos. La muerte chiquita. Asumadre, me vine en medio de gritos. Apreté mi ano para que se detuviera, no lo hizo. Lo abracé fuerte para impedir la fricción, con toda su fuerza siguió empujando. Me rendí. Volví a sentir rico. Le dio como quiso. Cuando se vino la metió entera y soltó un gemido ronco de macho. Reposó unos segundos. La sacó, se cambió de condón, me volteó poniéndome de "cañoncito". Levantadas mis nalgas y mi agujero a su merced, se puso de pie y abiertas sus piernas la dejó caer con furia, con rabia. Estaba tan dilatado que podía sentir cada centímetro. Se echó sobre mi espalda para decir cosas cachondas cerca de mis oídos sin dejar de moverse. Sentía morirme. No podía creerlo. Me perdí, el golpeteo en mis nalgas era brutal; su sudor en mi cuello, caliente. Mi semen salió disparado otra vez, seguí resistiendo. Nuestros gemidos y el ruido sabroso de verga destrozando culo eran tan fuertes que hasta tocaron la puerta. No atendimos. Cuando por fin se vino, tensó el cuerpo, tembló, jaló mis cabellos, aguantó la respiración unos segundos y se tumbó a un lado, también caí rendido. Me abrazó, susurrando "eres mío Cowboy, eres mío"... Fuimos quedando dormidos. Al otro día salimos temprano, hablamos lo elemental. Después de llegar a nuestro destino, en el aeropuerto me despedí.
Intentó pedir perdón otra vez, no lo dejé hacerlo. Mandé a mis amigos a la Colonia, por ropa, mi coche y lo básico. Desaparecí dos semanas. Regresé una tarde. De la calle gritaron que saliera. Era "El Macizo" que me retaba a madrazos "por puto", porque había "enamorado" a su hermanito. Amarré bien mis tennis y salí, el portero me detuvo en las escaleras "por favor, Doctorcito, no se comprometa". Seguí adelante a la calle. Ahí estaba sin camisa el bato ese y alrededor sus compinches y muchos vecinos. Sin decir más nos trenzamos a madrazos, era muy fuerte y resistente, pero le reventé la madre. Al final, con un ojo cerrado, la nariz abierta, astillada la mano y lastimado el tobillo quedé de pie, esperando que se levantara. Con la cara hecha un amasijo de sangre y sin algunos dientes, movió los brazos diciendo "ya no, ahí muere, tú ganas". Cojeando entré al edificio. Después de curar mis heridas e inmovilizar mi tobillo, llegaron mis amigos que ya había llamado para que fueran a traerme. No dijeron nada. Ayudaron a juntar algo de ropa. Encargué al portero y salimos. En la banqueta de enfrente estaba sentado Cristian con una caguama en la mano. No volteé a verlo. Subimos a mi coche. Me acomodé atrás. Arrancó mi amigo, escuché ruido de cristales rompiéndose. Era él, había estrellado la botella en el pavimento. Mis amigos vieron. El que iba de copiloto dijo: "ay Amílcar, a donde quiera que vas dejas gente así". El que iba manejando, viendo por el retrovisor, agregó: "ay, pero si está bien bien hermoso El Chacal ¿te quedó su número?" preguntó, sonriendo. Me agarré de las costillas tratando de controlar mi risa, me dolía todo el cuerpo. FIN.
EPÍLOGO. Me cambié a otro lugar y puse en venta el departamento. Meses después encontré a Cristian en una esquina muy transitada del Centro Histórico, nos saludamos. Se puso nervioso. En buen plan, le pregunté cómo le iba. Dijo que bien, estaba estudiando y trabajaba ahí cerca. Veía directo a mis ojos pero tímido. Permaneció en silencio y consideré que era momento de despedirme cuando sin que lo esperara, pidió disculpas por lo que sucedió con su hermano. Le respondí que todo estaba olvidado.
-- A mi hermano le gustabas para cuñado --dijo sonriendo-- quería hablarte para decirte que todo estaba bien, sólo que esa tarde tenía cruzados los cables y te provocó sin querer, no imaginó que fueras bueno para los madrazos, le tiraste cuatro dientes. Agregó y empezó a reír.
Reí también con sinceridad.
++ Pues qué bueno que te apoya, ahora hasta puedes tener novio. Dije bromeando.
Se quedó callado sonriendo y respondió, viéndome con ternura.
-- A mí sólo me gusta uno, pero no lo tengo y creo nunca voy a olvidar.
No comenté nada. Vi mi reloj como aviso para despedirme. Se acercó un poquito más y dijo "perdóname Amílcar, sé que la cagué". Sus ojos se pusieron llorosos. Tardé unos segundos en responder buscando las palabras adecuadas, sólo dije "perdóname tú también", limpié sus lágrimas y lo abracé. Al oído me dijo "¿puedo darte un último beso?". Por respuesta, bajé las manos a su cintura, el hizo lo mismo y nos besamos con el amor que nunca tuvimos correspondido, que se perdió en algún momento. Nuestros labios fueron acomodándose despacito ajenos a los chiflidos, aplausos, mentadas o ruido de claxons que provocamos a nuestro alrededor. Fundidos así, cerrados nuestros ojos, transportados a un lugar lejano de un mejor mañana, a ese en donde dos seres iguales y unidos pueden amarse y desamarse sin temor a los demás... Prendido a su cuerpo, embriagado por el mejor de sus besos renació intacto el recuerdo de nuestra aventura, tocó a la puerta la memoria de nuestros placeres y sentí un bulto pegándose al mío. Cuando me soltó, devolviéndome al tiempo, me dijo
-- Vamos a otro lugar, tengo tanto qué decirte, te juro que será diferente, te lo juro.
++ Tengo que irme. Respondí nervioso.
No dije más, lo esquivé y caminé. A unos metros volteé, ahí seguía viéndome, tenía la gorra en la mano como derrotado. Le di adiós. No respondió. Pensé unos segundos... Regresé.
LEYENDA URBANA.
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Que bello relato es la segunda ocasión que llo leo y me causa excitación y al mismo tiempo me transportas al lugar en que marras que sucedieron tu eventos mis felicitaciones y te invito a que continúes publicando
ResponderBorrarBeso escrito, pasion, ternura, puterioy hasta amor
ResponderBorrarme hizo llorar n el final que buena historia
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