Un día muy especial

 AMÍLCAR, CUARTA TEMPORADA.


UN DIA MUY ESPECIAL... 



En vísperas, llevé a mi marido a la casa y al rancho de mis padres. Días antes el vato no cabía de los nervios, tenía qué aplacarlo en las madrugadas con sendas cogidas que en la mañana me reclamaba porque no podía hacer del baño. Por las tardes otra vez, ya no le cabía más; tuvo qué usar supositorios de lidocaína con hidrocortisona para aminorar las molestias en el viaje; yo no me sentía responsable porque él lo buscaba. 


En mi casa lo recibieron con mucho cariño, habían preparado fiesta. Mi mamá ya lo conocía, pero mi padre no, me encantó ver que se palmearon la espalda. Mi Negro estaba tímido pero no incómodo, me atrevo a decir que no podía entender la situación porque cuando yo fui por primera vez a su casa, fue en calidad de "amigos", en cambio, con mi familia todos sabían que era el dueño de mis quincenas. En la noche descansamos en mi antigua habitación. Al acostarnos me vinieron tantos recuerdos que amanecimos conversando y no hicimos nada cochinote porque los comprometidos no hacen eso, deben guardarse. Por la mañana fuimos al rancho, mi Nana corrió a abrazarme y besarme; su rostro de virgen se iluminó al notar mi felicidad. Abrazó a mi Negro con ternura incomparable, revisó su rostro, acarició la cicatriz que le parte la mejilla en dos, admiró sus ojos, su cabello de alambre. Le gustó muchísimo para mi marido, me hizo llorar...


En los siguientes días, paseamos por la propiedad. Amé su mirada plagada cuando le contaba en los potreros y corrales mis vivencias de morrito: amansando caballos y yeguas; marcando ganado, vacunando animales, dando órdenes, arrendando los bienes, cuidando el patrimonio. En el rastro, me retó a que matara cerdos, a ver cuántos me chingaba en cierto tiempo y quedó sorprendido de la habilidad que aún conservo. Montados a caballo recorrimos la orilla del río, el sol calentó nuestros rostros, el monte nos cubrió con su paz. Caminando por las veredas lo tomé de la mano, sentí su amor. Nos dijimos lo mucho que nos amábamos, acaricié el anillo que le entregué una noche en el departamento de un amigo, pidiéndole que fuera mi esposo. No podía creer tanto amor. Volvimos a caminar de la mano, llegamos así a la casa grande, los vaqueros saludaron con respeto, conocía a muy pocos, ellos habían escuchado de mí; lo saludaron a él como "el novio del Patrón Amílcar"...


Semanas después, en el registro civil, con mi familia toda, incluidos amigos de ambos, casi me fulmina con su galanura, lucía increíble de riguroso traje. Al verlo entrar, su mirada reflejaba algo que no podía entender, no sé si era miedo o tristeza; pero cambió cuando vio a sus padres, hermanas, cuñados y sobrinos, sonriéndole felices, no aguantó, se quebró y lloró. No sabía que llegarían, todo fue una sorpresa que le preparé. Al acercarse a mí, me dijo: "nunca falles Amílcar". No respondí. Sólo lo abracé y traté de que sintiera la  seguridad que me inundaba al creer que existe un lugar donde Dios ha  dispuesto sus manos para que nos volvamos a encontrar, en otra vida, a donde lo seguiré amando. 


Después de sellar el pacto con nuestras firmas, nos besamos tiernamente, como si fuéramos unos muchachos. Aplaudieron. Salimos de la oficina de la mano. 


En el banquete, que fue organizado por nuestros amigos, lo vi bailar con su mamá, le decía muchas cosas acariciando su rostro. Me sentí inmensamente orgulloso de su nobleza y amor a su familia. Me sentí también invadido por un calor hacia la vida, agradecido con Dios, bendecido por tener a ese hombre. En algún momento de mi existencia, creí no merecer a alguien, fueron años de concupiscencia, de orfandad en el placer desenfrenado, la promiscuidad. De amanecer en camas ajenas, fornicar con desesperación, intentando tal vez exterminarme, creyendo estúpidamente que no podría tener algo lindo, que me llenara y me mantuviera enamorado, fiel, comprometido; ahora veía al hombre y amaba su mirada, abrazando amorosamente a su madre, el cariño enternecedor que solventaba su rectitud, la personalidad que hizo me derritiera desde el primer momento que lo ví. Bailamos, un amigo nos cantó "Bachata Rosa", de Juan Luis Guerra. Al compás nos unimos, pegadas nuestras frentes; sintiendo su amor, recordé la primera noche que pasó conmigo y que me levanté feliz. Escuché que se vistió tratando de no hacer ruido y se fue, seguramente muy apenado. Abrí los ojos y respiré profundo: era el amor de mi vida. Antes, el capricho que había despertado su indiferencia me atormentó por varios días después de que lo hicimos por primera vez; entendí su precaución pues me había contado lo difícil que había sido su aceptación como homosexual, las relaciones tormentosas que había vivido, y en sí, una madurez que se obtiene a base de porrazos. Poco a poco quise ganarme su "amistad", me emocionaba mucho verlo en las mañanas, que hasta llegaba más temprano al trabajo. En las noches, ya para dormir, una sonrisa pícara se me dibujaba pensando en él. Me tenía bien enamorado, y lo intenté creyendo que sería fácil, me equivoqué, era serio el cabrón, pero después del arrebato que tuvimos en el estacionamiento de la clínica donde dejamos embarrado el ADN por todo el interior de mi coche, le puse más ganas para conquistarlo; al principio le enviaba rosas, le dejaba mensajes con su enfermera-secretaria, buscaba su mirada para sonreírle, coquetearle. Pero después, nomás nos encontrábamos solos y seguro lo prendía en fajes rudos y él forcejeaba, resoplando, quitando su cuello, agarrando mis manos que se pegaban a sus nalgotas, mi pito que constrictor y voraz le provocaba al suyo, tentando, mayugando, presionando, casi hablando (en lenguaje de pitos). Él se resistía con un esfuerzo cada vez más débil, pero podía más su implacable desición que terminaba por irse a su consultorio. Yo quedaba reventando de ganas, pero con paciencia, y lo tendría hasta el tronco. Maldita sea, así quería tenerlo. Cerraba mis ojos imaginando que era sólo mío, que su vida estaba destinada a la mía. Sabía que yo le gustaba, lo podía sentir, me veía de reojo, me evitaba a solas por todos los medios. Le marcaba al celular. No contestaba, tal vez se sentía acosado. Lo buscaba en el área de comedores. Me sentaba en su mesa y por debajo le tocaba la pantorrilla, levantaba el rostro muy extrañado; "con discreción" le hacía ojitos, besitos, hasta que una vez se enojó de verdad. Lo dejé pasar. No volví a molestarlo. El vato me tenía bien loco, pero aguanté. Pasaron los días y no me le acerqué. Una noche llegó a mi departamento. Estaba pasado de copas. En la puerta me dijo que lo tenía arto, que no quería saber nada de mí, que era yo un estúpido arrogante y ególatra que pretendía tener todo lo que se le antojaba, "un niño consentido" acostumbrado a tener a todos a sus pies. No lo dejé terminar, lo jalé hacia adentro y le arranqué la ropa, le puse un cogidón. Al otro día, sus cabellos tiesos y chinos que quedaron en mi almohada y sábana, sellaron nuestra historia de amor y esa mañana fue que lo confirmé todo, ahora estábamos recién casados... Mientras bailábamos preguntó qué pensaba, sonreí y sólo le dije que lo amaba, que lo había amado siempre y que nada en el mundo iba a cambiar eso. Bajó la mirada con timidez y sonrió. Al terminar la melodía, volvimos a besarnos muy lento, separados del mundo, disfrutando nuestro momento; nos regresó el fuerte aplauso de todos que se acercaron a abrazarnos. Fue hermoso.


Los siguientes días transcurrieron como un carnaval. Paseamos con nuestras familias (no cabíamos en un Turibus de dos niveles). El día que se fueron todos, otra vez se me hizo el corazón chiquito cuando llevamos a sus padres al aeropuerto, se hincó y le dieron la bendición con la santa cruz, al incorporarse unas lágrimas se le escaparon. También me bendijeron. Los vimos alejarse a tomar el avión a Chiapas, su tierra natal. Por la tarde cuando se fueron los míos al Norte, todo lo contrario, lo hicieron gritando cosas como si estuvieran en el rancho y atravesaron los pasillos corriendo, lanzando besos de despedida y tirando patadas a los pasajeros que se atravesaban en su camino pues se había hecho tarde. Reímos mucho. 


Al llegar al departamento después de tantos días de estar en hoteles, caímos rendidos a dormir. En la nochecita despertamos a comer algo. Volvimos a acostarnos. Era lo mismo: dormir de cucharita, tirándonos pedos, oliendo nuestras bocas en las mañanas, levantarnos a prisa porque se hace tarde para el trabajo, pelear los carros, hacer planes infructíferos para comer juntos, regresar en la noche cansados, aburridos, del consultorio, las cirugías, las clases. Intentar ver una película, un programa, la serie infinita a la que siempre renunciamos, quedarnos dormidos en el sillón con el cuello torcido, despertar para ir a la cama, darnos un beso de buenas noches; al otro día, a lo mismo. La vida de matrimonio ordinario, pero muy felices. 

Luego, escapar de la rutina y renovarnos, salir de viaje y disfrutar como si estuviéramos conquistándonos (mi hijo se sorprende de lo diferente que somos, que peleamos por tonterías y al rato no ha pasado nada, dice que somos dos tipos en los cuarenta años pero tan vividos que parecemos como de setenta y que nuestra felicidad es nueva cada que nos vuelve a ver)...


Hace tiempo hicimos un proyecto; me había cansado de trabajar para clínicas privadas, pagaban muy bien, pero no quería dinero, buscaba algo diferente con lo cual tuviera plenitud de poder regresar las bendiciones que Dios nos ha regalado. Él, complacido por pensar igual, propuso que nos enroláramos en fundaciones de médicos que dan servicio en misiones; de esa forma nos calamos cada tanto la mochila y ropa de excursión, nos vamos a lugares inhóspitos de cualquier parte del mundo, puntos tan inaccesibles como la ingratitud de los gobiernos y la tremenda necesidad de las personas. Nos reciben en las comunidades, saben que somos pareja, "los doctores que son esposos" nos dicen. Él ríe, le sigue dando nervios que sepan que tiene marido, me divierte mucho su inocencia. A donde estemos, en las madrugadas, lo despierto, acariciando su espalda, besando su cuello, chupando, mordiendo. Sabe qué quiero y también sabe que debe de cumplir con sus deberes vergonzosos. Dice que está muy cansado, que soy insaciable; sí, y con los ojos medio cerrados de sueño, se empieza a quitar la ropa y se entrega a mí como la primera vez. 

Cada mañana, cuando lo veo levantarse, en la comodidad de nuestro departamento o en el suelo de cualquier lugar donde nos toque dormir, me siento tan emocionado por el día de nuestra boda y sigo pensando que ha sido el más maravilloso de mi vida... FIN. 


LEYENDA URBANA.


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