Bellos recuerdos

 Relatos Gay desde el Cuarto Piso 


RECUENTO DE RELATOS DE AMÍLCAR, LEYENDA URBANA. 

(Primera temporada, relato No. *, Completo y corregido; Título original: "Mi amiguito de las nalgotas"). 


BELLOS RECUERDOS.  



Fue a mis 14 años que comencé a sentir cosas raras por los hombres. Cursaba la secundaria. Los días viernes teníamos la clase de deportes. Era todo un ritual ir a cambiarse al baño, quitarse el uniforme y ponerse el short y la camiseta. Aunque tenía novia, un impulso involuntario me hacía morbosear a los compañeros que entre bromas y desmadre, nos enseñábamos nuestros penes parados. Normal, relajos de muchachos heteros. La mayoría presumía el vello púbico y otros hasta se rasuraban (benditas sean las cremas depiladoras de la actualidad). Para ese tiempo, mi pene ya estaba grandecito y por ello era el centro de las bromas pues tenía amiguitos que eran muy ocurrentes, como de que la tenía tan grande que si me la paraba podía dormir de pie, o que si podían colgar "ahí" su playera o pantalón. Lejos de molestar, me provocaba ataques de risa que hasta me tiraba al piso; en fin, era divertidísimo. Conforme fueron pasando los meses, las ánsias por que llegara el día viernes para ver a mis compañeros al cambiarnos fueron aumentando hasta ponerme nervioso, además que mis erecciones se volvieron muy potentes y ya no tenía qué apretármela para lograrlas pues nomás rumbo al baño ya la llevaba hasta babeando. Nadie se daba cuenta de lo que me pasaba, pues desde morrito fui muy varonil. Un buen día, alguien se fijó que mi trusa estaba mojada y se armó el escándalo diciendo que me había venido. Todos reímos; para salir del paso, me la saqué y la exprimí para que vieran que no era eyaculación sino "baba". Como dando espectáculo, una gota salió y se convirtió en una liga que lenta y gloriosa escurrió hasta alcanzar el piso sin desprenderse de mi glande. Entre tantas risas gritaban que les daba asco; me excitó hacer eso. El deseo fue manifestándose también al verlos en la cancha rebotando sus bolas y penes de un lado a otro conforme corrían en zancadas y brincos, dando nalgadas habituales de motivación o celebración. Las sensaciones fueron aumentando hasta cuando estaba con mi novia (en turno). Atrás de los salones de talleres, metiéndonos mano, dándonos buenos besotes, en mi mente recreaba a alguno de mis compañeritos que ahora deseaba abiertamente coger o que me la mamara; entonces prendía a la chamaca, la apretaba de la cintura, tocaba la pantaletita (a veces llevaban tanga) o sobaba los pechos (qué asquito), con una calentura tremenda que no aguantaba. 


Una mañana que teníamos hora libre, había varias parejitas dándole en ese lugar pues el Prefecto no había llegado a trabajar; cerca de donde tenía a mi novia, estaba un compañerito que ya había llamado mi atención porque tenía unas soberbias nalgas, pero de esas que parecen que traen suspensorio integrado. Pinche culote de campeonato (también era motivo de bromas chuscas, porque en verdad que era imposible no fijarse en tan gran atractivo). Pegado a los labios de mi chica, veía el levantamiento del pantalón de vestir ajustado y mi sangre hervía, punzaba. Mi mujercita sobaba por fuera todo lo largo de mi pene, calentándose; yo enloqueciendo, imaginando las nalgotas; deseando rozar sus vellitos tiernos; pasar las manos por su piel adolescente; darles besitos, leves mordiditas, abrirlas despacito, olerlas. En una despegada para jalar aire mi enamorada me propuso ir a "los baños de atrás", que era una obra negra de sanitarios que se había convertido en escondite de las parejitas que cogían y que siempre estaba vigilado, más no ese día. Fuimos. Es probable que esa haya sido la ocasión que más cerca estuve de tener mi primera vez aunque fuera con una mujer (Bendito sea Dios que no). En una esquina nos comíamos los labios con hambre, con una mano tenía atrapada la vaginita que soltaba el chingo de jugos y con la otra apretaba un seno, ella masajeaba mi verga con descaro pues ya la había sacado. En eso, entró mi amiguito de las nalgotas con su novia y sin sorprenderse de nosotros, fueron a la otra esquina, es decir, que estábamos justo enfrente. Giré el abrazo para poder verlos. Su faje aumentó de nivel que la chica se hincó para hacerle un oral, bajándole hasta las rodillas el pantalón. Ptm, qué maravilla de vista, Padre Santo. Lo que tanto había anhelado. Hermosas nalgas, bien paraditas, con una línea ondulada que remarcaban la separación del muslo y se notaban suavecitas, suavecitas. Al verlas me prendí más, mi novia no aguantaba, "Lo hagamos Amílcar, ya estoy lista" decía entre gemidos. Oh por Dios, lo que quería era que mi mano fuera de elástico para alcanzar ese culote que a pocos metros se movía como cogiendo con la mamada que le estaban dando. Mi novia estaba dispuesta para estar contra la pared y recibirla, cuando entró un compa corriendo a avisar que venía un profesor. Brincamos la ventana y corrimos hacia las canchas.

Recuperado un poco, fui al baño. Ahí encontré a mi amigo de las nalgotas. En los mingitorios hacía el intento por orinar, la tenía durísima. Decía lo caliente que estaba. Entre risas temblé de nervios, también la tenía bien parada, me la saqué. "Mira cómo estoy yo" le respondí. Sorprendido por mi tamaño seguimos bromeando sobre quién la tenía más grande. Sin pensarlo, cada quien se frotó, él por la calentura del oral que le habían hecho, yo por el deseo de que me la chupara. Poco a poco fuimos arreciando nuestros movimientos, el líquido embarrado en el prepusio hacía ruido bien sabroso. Mordiamos nuestros labios, apretábamos los dientes. El momento era extremadamente cachondo. De pie en los mingitorios, jalándonosla, no habíamos pensado en que podían vernos; pero tampoco me atrevía a decirle que entráramos a un sanitario para descargarnos. "No mames, ya siento que me voy a venir" dijo y en eso escuchamos una carcajada dentro de un cubículo. "Par de putos, busquen cuarto". Dijo la voz sin dejar de reírse. El nalgón se la guardó y subió a la taza de a lado para ver de quién se trataba. Era un compa a quien apodábamos El Sope. Lo invitó a que se uniera a nosotros. En el mingitorio, el otro también se la sacó. La tenía parada. Se la jaló tantito diciendo que nosotros ya estábamos avanzados, pero empezó con el relajo "no mames pinche Amílcar, deberían meterte a la cárcel, vergüenza me da mostrarles mi pobre verga con lo que tú tienes, desgraciado" y siguió "¡ahh! pinche Mauri estás bien culonsote, deja que te agarre tantito las nalgotas, ándale, como compas". Nos empujamos, bromeando, y se nos fue bajando la erección, matándonos de la risa. Sonó el timbre para regresar a clases. Mientras íbamos subiendo las gradas para el salón, me clavé viendo las nalgotas de Mauricio, en eso volteó y sonriendo me dijo "¿te gustan?".

2 ... Vi su ojos, buscando alguna razón para responderle, en serio, que sí me gustaban y que quería cogerlo, que por favor me las diera sólo un ratito; pero reaccioné dándome cuenta que era otra broma más. Qué latente es el peligro de que te descubran en tus deseos. "Sí chiquitito, me encantan pinches nalgotas, podría dormir ahí con el arrullo de tus pedos" le dije haciendo mi voz como excitado (que de hecho, lo estaba) y se las pellizqué. "¡Ora pinche puto!" gritó dándo manotazos y persiguiéndome hasta el salón. 


Pasaron los meses, tuve aquella mala experiencia con mi vecino, luego cumplí 15 años y por fin descubrí que lo mío eran los hombres cuando estuve con mi amigo Miguelito. No volví a tener novia, sin embargo, mantenía en secreto mi condición. Con mis amigos seguía siendo el mismo. 


En una ocasión sucedió algo que me dejó pensando, más no atinadamente; resulta que un fin de semana quedé con El Sope para ayudarle a pintar su casa. A las seis de la mañana del día sábado empezamos, al rato llegó El Nalgón. Se me ponía bien dura cada que usaba las escaleras, su short de fútbol apretado le quedaba bien requetebonito, verdad de Dios. El Sope como siempre con sus bromas: "pinche Mauri estás reculón, yo creo que la cabeza del pito de Amílcar sí llega hasta tu culo si cogen parados". Todo el día nos la pasamos en el cotorreo. Era tanto que lo único que me quedaba era reír, aunque por dentro deseaba que lo que decían se hiciera realidad pero ni esperanzas, eran sólo sueños. Esa tarde Mauricio me llevó a mi casa en su moto. Ir trepado atrás de él agarrado de su cintura y su ambicionado trasero casi pegado a mi pelvis provocaron que cuando bajara de la máquina, mi short de una vez estuviera mojado. Lo vio y le dio mucha risa, sólo dijo "pinche Amílcar venías sabroseándote mis nalgas ¿verdad puto?". Me tapé poniéndome rojo, respondiéndole "es que la neta sí están bien chingonas". Se fue riendo. Me sentí apenado, seguro se lo contaría a los compas, pero no dijo nada; no di más importancia a lo ocurrido... 


Después de la secundaria, aunque estudiamos en diferentes prepas, seguimos llevándonos, lo mismo que El Sope y muchos más. Salí del clóset, tuve muchas aventuras, pasaron los años y me fui del pueblo a la Universidad, regresando contadas veces. Lejos, mi sexualidad la viví con mucha más plenitud, libertad y felicidad. 


En unas vacaciones, casi por terminar la carrera, fui obligado por mi madre a llegar al pueblo. Coincidí con Mauricio saliendo de misa, estaba hecho un cuero el muy cabrón. Nos saludamos con mucho cariño. Había llegado de visita, estaba por terminar la Universidad también. Conversamos un poco, me invitó a cenar a su casa ese mismo domingo. Acepté, llegando puntual. Sus padres y hermanos habian salido. Nos tomamos unas cervezas en el patio. Entre risas y casi lágrimas, recordamos muchas cosas. Lo vi bien y en efecto, estaba muy guapo. Hacía mucho ejercicio, así como yo. Sus nalgas lucían más hermosas y definidas, las imaginé en jeans, Casimir o Gabardina. Me dí cuenta que era gay desde que lo saludé en la mañana, pero me daba igual, no había llegado a cogerlo. Nuestra conversación fluyó a lo personal. Contamos algunas cosas que nos habían pasado, lo que estudiábamos, planes, amistades. Dijo que me admiraba desde que vivíamos ahí. Al preguntarle la razón, aceptó que también "se le hacía agua la canoa" y que siempre me veía con diferentes chicos, además de que todos me respetaban. Como ya lo sabía seguí la corriente, hasta que dijo que quería "probarla". No me opuse, el morbo de adolescente de alguna forma persistía.


En su habitación, al tomarlo de la cintura para besarlo, me detuve unos segundos viendo su rostro. Traté de recordarlo de cuando en el baño de la secu nos la jalamos o las muchas chaquetas que le dediqué imaginando que lo cogía, mencionando su nombre al venirme. Lo besé lo más rico que pude. Ahora éramos adultos, tendríamos tal vez 23 años. Nos quitamos la ropa y nos trabamos a fajarnos. En mi mente recreaba todos los momentos que vivimos y que por ninguna razón se me ocurrió pensar que esto sucedería. Cuando me tocó llegar a su pene, lo chupé muy rico, disfrutándolo. De costado, en un 69, pudimos darnos el placer que tal vez él también había deseado desde que siendo chamacos íbamos al río y desnudos nos echábamos clavados en fines de semana después de jugar fútbol en el torneo de barrios. Amé sus nalgas, mordí, lamí, abracé tanto esas montañas de deseo; del ano ya ni digo, lo dejé tan dispuesto a base de lengua que me dolió la mandíbula. Me puso un condón y subió en mí dándome la espalda. Maravilloso fue verlo abrírselas buscando con su agujero mi tranca, tragarla poco a poco hasta llegar a la base acompañado de gemidos y palabras cachondas. Subiendo y bajando, moviéndose en círculos, frotaba casi todo mi miembro que como piedra se dejaba hacer feliz por ese hermoso par que había sido su gran ambición.

Concentrado en su placer, crucé mis brazos atrás de mi cuello dejando que se matara, que disfrutara la pinche vergota que merecían esas carnes. "¿Tardas en venirte?" preguntó de una manera gozosa entre gemidos de gato que disparó más mi calentura. Qué rico el hombre. "¿Ya quieres que te coja? o quieres seguir jugando" Le respondí. No entendió al momento lo que dije, pero luego soltó una risita dándole a nuestro momento una pizca del sentido del humor que nos conectó con intimidad en los tiempos aquellos que nuestros penes en crecimiento olían a pura chaqueta. Lo moví para recostarlo, levanté sus piernotas y se la ensarté al fondo para cogerlo como Dios manda, como había aprendido en todos esos años en que amaneciendo en brazos de conocidos y extraños mi semen había rodado hasta en el extranjero. Le puse una buena  cogida pensando que no volvería a hacerlo. Por ratos, metidas rápidas que parecían destrozar la cama, luego lo volteaba para darle despacio sujetando sus piernas como en lucha olímpica en poses que yo había inventado. Taladrado al fondo el culo; las nalgas rojas, casi moradas por las marcas de mis palmas que refrendaron el coraje con el que tantas veces desnudo frente a un espejo de cuerpo entero machaqué mi verga de adolescente pensando en él y que ahora haciendo realidad el sueño olvidado, confesaba con las metidas lo que le había reservado. ¡Qué delicia de culo!... "Ya wey, ya me vine desde hace rato, ya vente, ya no aguanto". Dijo entrecortada la voz y eso me espantó el orgasmo. Le seguí dando y volvió a sentir rico, pero se la saqué y nos masturbamos hincados, besándonos. Sus gemidos aumentaron, su leche brincó en mi abdomen, la mía fue liberada con el poder y la fuerza de las tardes en que lo deseé tanto. Qué emoción. Habían pasado como tres horas de estar besando, mamando, chupando, retozando, pujando. Nos quedamos acostados desnudos viendo el techo, manchados, oliendo. 

Recuperados, me confesó muchas cosas. Dijo que me deseaba todas las veces que me veía besándome con mis novias y que en el baño al cambiarnos para deportes se le paraba por vérmela y que le gustaba darme raid en su moto. Le reclamé el por qué nunca me lo dijo. Tenía mucho miedo, no quería ser así. Lejos del pueblo se atrevió a estar con hombres y "se aceptó". Yo también le confesé todos mis deseos. Qué arrepentidos estábamos de no habernos entregado cuando éramos unos chamacos... 


Seguimos viéndonos después, llegamos a ser muy cercanos, pero la vida nos llevó por rumbos distintos; se volvió religioso y dejó de hablarme. Alguna vez lo encontré, llevaba a dos niñas de la mano, seguramente eran sus hijas. Lo saludé a señas, con la intención de hablarle, sólo respondió el saludo y siguió en sus cosas. Todavía le ví las nalgotas. Qué lindas. Qué afortunado el que se las comiera, a escondidas. FIN. 


LEYENDA URBANA.


#relatosleyendaurbana


Únete al Grupo Oficial de Facebook

Relatos Gay del Cuarto Piso

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El Chacal de la Colonia LU23-T1

TRIANGULO DE AMOR EN EL RANCHO (LU-22-T1)

MI PRIMER TRÍO (LU-11-T1)