Amor Imposible

 Relatos Gay desde el Cuarto Piso 

AMÍLCAR. CUARTA TEMPORADA. 


AMOR IMPOSIBLE. 

(Continuación de: 'Ojos Bonitos', Tercera Temporada). 



Aquella noche que lo vi alejarse me gustó mucho su forma de caminar y el besito que me robó se llevó también mi sonrisa, sin embargo, entre todo, no creí que volveríamos a vernos, más regresó al otro día. Desde los tiempos de mi primer amor, a casa no había llegado nadie, en forma, a buscarme. A pesar de su apariencia, a mi madre le dió cierta gracia su candor; la facilidad para que se le notara que yo le gustaba mucho, pero es que ella no se daba cuenta que la ternura fija y transparente de sus ojos contrastaban con su imagen de asaltante, y por eso, parecían vencidos por intenciones de enamorar. Esa vez nos sentamos en la sala de mimbre de la entrada y conversamos hasta bien noche. Me contó muchísimas cosas; con coqueteo, veía mis labios constantemente, rozaba mi pierna con su rodilla, se acomodaba la ropa. Al despedirse, creí que otra vez me besaría, pero sólo sonrió con esas sonrisas de "los que se la saben todas" y se fue silbando, caminando como astronauta, balanceando los brazos, moviendo los anchos hombros, la mirada levantada, retando... Me acosté  pensando mil puterías. Recordé su saliva ligera, los labios gruesos y lisos, su aliento; como les conté en el otro relato, besaba muy rico. 


En las tardes llegó a visitarme y sólo conversamos, de lo otro nada. Tenía yo los huevos casi azules de tanta leche puesto que aquella noche que se la dejé caer, el vato se vino tan rápido que ya no quiso y nos interrumpieron; me urgía su ano. Lo invité al rancho para el siguiente sábado. Quedó que llegaría en taxi. Estaba con mi papá revisando ganado bovino en el potrero más alejado cuando nos avisaron por radio que me buscaban. Mi papá nadamás me vio el pelo cuando arrié la bestia y fui a su encuentro. Al verme se quedó pasmado, nunca imaginó que me vería de vaquero. Le ensillé un caballo y prácticamente le enseñé a montar (caballo, lo otro ya sabía). Fuimos a dar una vuelta por la propiedad y nos internamos en el área de cultivo. Desmontamos cerca de un árbol muy hermoso cuya sombra me llenaba de recuerdos. Con sinceridad que se me habían ido las ganas de coger. Lo vi bien y me gustaba bastante su aspecto de malo: la nariz aplastada por el box, cejas infladas, ojos saltones y azabache, las mejillas cacarizas. 


Sacó de su mochila dos manzanas. Era muy tierno. Me senté en el pasto y recliné en el árbol; abrí mis piernas, él se acomodó entre ellas, comimos las frutas en silencio. Sólo se escuchaba el tronar de nuestras mandíbulas, los pájaros y chicharras. Cuando terminamos de comer, se recostó en mi pierna viendo hacia los potreros, pensando. Después de unos minutos, se levantó, y dándome la espalda se abrió el pantalón y orinó. Se quitó la playera. Se me puso tan tiesa que tuve qué sacármela. Terminó de orinar, con mucha calma se quitó el pantalón y caminó hacia mí, excitado. Se montó y sus bolas aplastaron las mías. Me besó riquísimo, a un ritmo lento, suave, lubricado. Se separaba sólo para decir que le gustaba mucho. Nos acomodamos, bajé más mi pantalón, me puse un condón y se lo hice en misionero, muy lento, como enamorados. No dejó de abrazarme y besarme, mirar mis ojos; aguantó levantando sus piernas por ratos, yo procuré no lastimarlo; sus gestos indicaron el ritmo. Fue muy lindo. Cuando sentí que ya venía lo chupé en el cuello y mis temblores fueron recibidos con su abrazo fuerte, tranquilizador, diciendo a mi oído algo como "vente papito, vente rico mi Ojos Bonitos". 


Los siguientes días me buscó del diario. Creí, por un momento, que se me antojaba fuera algo más y creo actué como tal, no lo sé. Yo apenas era un chico universitario que poco había vivido; podía escribir un libro o dar clases sobre cómo coger, pero de las relaciones sentimentales sólo sabía victimizarme con el triste final de mi primer amor y justificar con ello que no quería enamorarme. Ya saben: "no me vuelvo a enamorar, totalmente para qué". No sé si me enamoré de ese vato, recuerdo que no me atraía el físico, era algo extraño que no podría explicar, solo me hacía sentir, hacer, querer, era de una ternura y claridad que pocas veces había visto. No hablaba de grandezas, ni tampoco se hacía el pobrecito; no imponía su conversación, pero siempre tenía algo qué decir. Me fascinaba su mirada brava y esquiva, desconfiada, de barrio pues. No sé si me enamoré de él, no creo, pero el peso del día que nos despedimos no fue en vano. 


Sucedió que llegó a mi casa cuando estábamos comiendo. Lo invité a que pasara a la mesa, pero como siempre lo hacía, se opuso, le daba mucha pena. Dijo que quería hablar conmigo unos minutos.


En mi habitación, se sentó en mi cama y sin voltear a verme dijo cuánto yo le gustaba y que no quería irse sin tener la seguridad de que volveríamos a vernos para intentar algo. En este ejercicio de catarsis puedo darme cuenta que me reflejé en él. En ese momento me sentí él, así igualito, con la misma ropa, hablando a la pared, soltando cada palabra con una lágrima, como la tarde que hablé por última vez con mi primer amor, en cuyos brazos también me entregué bajo la sombra de ese árbol del rancho que me dejaba recuerdos, a quien prometí amar siempre. Confundidos en mi mente los papeles, era yo el que hablaba, y también el que escuchaba. El vato dijo muchas cosas, estoy seguro que con la coherencia de quien ha practicado frente al espejo o escrito muchas veces lo mismo. Lo sé porque cuando me senté a su lado y que hubo descargado todo, se limpió las lágrimas con coraje y me abrazó tan fuerte como queriendo con esa fuerza destruirme... Sí, lastimé a muchas personas, hice sufrir a muchos chicos que creyeron encontrar en mí algo más, confundiéndolos; la verdad, es que me engañaba a mí mismo, entregándome como si quisiera algo serio, como enamorarme, como practicar el amor que se me fue y que estúpidamente hice pagar a varios por algo que no debían con mi inmadurez. Todos hemos hecho daño, algunos han sido sutiles, otros hemos sido viles, pero todos tenemos historias de arrepentimiento, de la tortura que es recontar los daños de nuestro pasado aunque finjamos que todo ha sido bueno asumiendo por supuesto el papel de víctima y no atendiendo, por hipocresía, cobardía o cinismo, el de victimario... Cuando le expliqué que no buscaba una relación, que no estaba interesado en enamorarme "por el momento", él sólo dijo que respetaba mi decisión, que no me molestaría más, pero que si era posible haciéramos el amor por última vez. Yo, cruel, acepté, y lo hicimos. No dejó de llorar en todo momento.


El "amor imposible" me persiguió por muchos años. Lo buscaba, lo veía, lo quería, lo creía tener, pero en realidad eran puras fantasías, ilusiones sin forma que terminaron mal. A veces cometemos el error de estar tan clavados en el pasado que descuidamos el presente, un presente que puede ser mucho más hermoso que las obsesiones de lo que pudo ser, sin embargo, no nos damos cuenta así nos lo griten desde lo alto, porque existen vatos como yo, que tenemos que entenderlo a base de puros madrazos. Muchos de mis relatos tienen finales tristes, así fueron, no tengo por que inventar cuentos maravillosos de príncipes que se besan con otros príncipes y cogiendo son una cosa bellísima, y sus genitales y culos expiden olores a Lavanda, Rosas o Gardenias. No, las relaciones no siempre son maravillosas, a veces  suelen ser tormentosas, tristes, inconfesables incluso, trágicas y también infames.


Esa noche que nos despedimos en la banqueta de la casa, lo vi alejarse de nuevo, pensé que era imposible quererlo y cerré la puerta... FIN. 


LEYENDA URBANA.


#relatosleyendaurbana


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