Descubriendo a mi sobrino

 RECUENTO DE RELATOS DE AMÍLCAR, LEYENDA URBANA. No. 3. 

(Primera temporada; relatos enmarcados, títulos originales: "Mi Sobrino" y "Gemelos"; corregidos). 


DESCUBRIENDO A MI SOBRINO. 



En una ocasión uno de mis hermanos fue a visitarme a la ciudad a donde estudiaba. Su primogénito que tendría quizás como 7 años, sin avisar me soltó una preguntota: “¿oye tío es cierto que mi papá y tú y todos tus hermanos tienen unos penes bien grandes?”. La inocencia del niño nos sacó carcajadas pues no sabíamos de donde lo había escuchado. Le expliqué ese rollo de la genética. Pasó el tiempo, él creció, y una vez me habló por teléfono para decirme que pensaba irse a estudiar a donde yo vivía y quería dar un rol para ver si le gustaba. Le dije que llegara. Tenía como 17 años. Cuando lo vi no lo reconocí, estaba increíblemente guapísimo, alto, mamado. Me encantó abrazarlo. Se quedaría algunos días. Salimos a pasear. Con los ojos coquetos que heredó de mi mamá barría con todo mundo, le encantó la ciudad. Hombres y mujeres volteaban a verlo y yo me sentía muy orgulloso, aunque pareciera que fuera mi "sugar baby". Platicábamos de todo y seguía con sus preguntas del tamaño del pene. Obvio él ya había desarrollado... Una tarde que salí temprano del trabajo (en ese tiempo estaba en un cargo administrativo de la Secretaría de Salud), quise darle la sorpresa y llevarlo al cine. Entré muy despacio al departamento y me quité los zapatos para caminar de puntillas. No estaba en la sala, escuché ruidos de película porno en el espacio pequeño en donde tenía la tele, al final del pasillo. Me acerqué. Así con mi portafolios y los zapatos en la mano me quedé en el umbral, impactado. Mi sobrinito estaba sentado en el sofá, desnudo, con las piernas abiertas, en una mano un cigarro y en la otra una cerveza, mientras un chico, de rodillas, le pegaba una mamadota, ¡pero de aquellas!. Estaba transformado. Miraba la tele, bebía y fumaba. Volteaba a ver al que se atragantaba y le decía: “todo putito; eso puto, ahh, las bolas”. No supe qué hacer, bueno sí, me quedé viendo. El chico movía su mano en círculo en el pedazo de carne mientras le daba tratamiento a la cabeza… uff, ¡mamadota!... De pronto le dijo: “ya, te la voy a meter”. De veras, esto es real, alcancé a ver el rostro del chico y tenía una angustia que hasta me dio cosa. Mi sobrinito se levantó. Ah qué ejemplar de Mancebo. ¡Qué bárbaro!, Pinche cuerpazo; luego la actitud que no le conocía: dominante, malvado, ojete. Entonces vi su pene; padre santo, no miento: tenía como unos 17 o 18 cm, pero de un grosor, que daba ¡MIEDO!... El morrito quitándose el pantalón, volteó cuando este infame agarrando la lata de cerveza la pegó a su miembro y le dijo: “mira, ¿la vas a aguantar?”. ¡Señor de la Misericordia!, ¡era del mismo grosor que la lata!. Yo fui el que no aguantó. Me retiré poco a poco “en reversa” sin hacer ruido. Antes de entrar a mi habitación todavía escuché al monstruo que dijo: “déjate la playera, así me gusta”. Me encerré, yo era la madre Teresa de Calcuta en esos momentos. Adentro, perdí la erección de pensar en el calvario que el pobre chico iba a pasar y entonces escuché el desmadre: era una conversación fluida entre quien está horrorizado, negándose y otro que, grosero, exige culo. El morrito suplicaba que mejor se la mamaba; mi muchacho demandaba: "bueno, quieres o no, puto"... Sentado en la cama, escuchaba todo. De pronto mi sobrino dijo: “aguanta, voy a traer algo”. Mi instinto me avisó que ese cabrón iba para donde yo estaba. Agarré mi portafolios y zapatos y me escondí en el closet. Lo vi por las rendijas. Entró, las nalgas y las piernas poderosas con la verga tiesa que daba miedo, trabado un condón que parecía reventar. Abrió mi buró y sacó un lubricante de esos poderosos que sólo ocupaba en ocasiones especiales (porque aparte de caro era difícil de conseguir, ahora donde quiera los venden). Revisó, sacó un condón, un dilatador y salió. Otra vez los lamentos, quejas de dolor, ruegos y las exigentes formas del penetrador. Pasó como media hora cuando escuché un grito. Ya le entró, pensé. Otra vez no aguanté, tenía qué ver. Salí con mucho cuidado y me quedé en el espacio primero. El chico estaba encaramado en el sofá con el culo indefenso y el desgraciado ensartándole tremenda verga. Lo que sea de cada quién, el pasivo tenía valor, de veras; soportó estoico y honorable. Mi sobrino le puso la cogida de su vida. Pude ver cómo entraba ese horrible pedazote gordísimo, y supuse, duro como piedra. Y el ano, ¡Dios!, ¡el ano!. Ni cuando hice fisting dejé uno así. El chico mordía el cojín y aun así se podía escuchar los gritos, recibió zambutidas recias; luego fue levantado como una pluma y ensartado en vilo. Empalado, pareció desmayarse. No lo soporté. Me retiré otra vez. Así estuvieron. Escuché cada gemido, cada grito, cada pujido, hasta que mi sobrino al terminar hizo el ruido de un toro embistiendo...

Siguieron hablando, supongo recogiendo, limpiando, entraron al baño, la regadera, besos, despedidas; el morrito se fue. Mi pitudo entró a la habitación de huéspedes, esperé. Salí del departamento con mucho sigilo, me puse los zapatos y abrí la puerta fingiendo entrar. Cuando estuve en la sala, salió corriendo como un perrito faldero, como un niño de kínder que ha esperado a su papá para contarle cómo le fue en su día. Se me abalanzó y me abrazó, muy cariñoso. Yo no podía creer todavía lo que había hecho. Era tan tierno, tan lindo, tan mi sobrino. Reí dentro de mí. Me dijo: “oye, ¿estás muy cansado?, vamos al cine, mi papá me depositó hoy”. No estaba cansado, estaba anonadado de ver al pobre muchacho cómo lo tenían hacía unos minutos y cómo debió irle entrando aire en el culo mientras bajaba las escaleras. Le dije que sí, que sí íbamos. Salió disparado a arreglarse. “Ah desgraciado, falso como su papá y sus tíos”, pensé. Pero también reflexioné en lo importante que es tener a alguien que te aconseje esas cosas del sexo, aceptar la sexualidad, aprender a respetar. Divertirte, pero siempre con responsabilidad. Nunca tuve deseos sexuales con él, jamás me pasó por la mente. Son respetables todos los gustos y apreciaciones, pero no era mi caso querer acostarme con mi sobrino. ¿Pero qué tal ese al que le habían dejado el ano como si pudiera vérsele el alma?, con ese sí podría darme un gusto. Me fui a cambiar y lavar mi calzón que estaba algo manchadito...


Un sábado amanecí con una resaca espantosa, me reventaba la cabeza. Salí de la habitación buscando agua. Grande fue mi sorpresa al ver en la sala a mi sobrino atorando a una señorita en el sillón. Las nalgas y piernas tensas, tendido sobre su presa, que abierta, resistía como si estuviera en otra dimensión, su mirada extraviada, corrido el maquillaje y chillando como perrito recién parido. El infame me volteó a ver y todavía me dijo "hola tío" y siguió dando lento y duro. ¡Por Dios! Todo olía a vagina, qué ofensa para mi santo hogar gay. Tomé agua; temblando, me dirigí a dormir otro rato. Imaginé el útero invadido, distendidos los labios, atravesada por una cosota que no tenía para cuando aplacarse. Ese hombre es un monstruo. Más tarde me despertó, fresco como una lechuga, recién bañado. "Despierta, tío, te invito una michelada, vamos a la calle, anda". ¡Por Dios!, Arreglado el departamento, todo limpio. Al menos eso. Ya en el bar al decirle que no tenía vergüenza, me respondió: "Ah bueno, qué quieres, ¿que me acueste con hombres?, y sonrió, bien pícaro. Le dije entonces que lo había visto la otra vez que se cogió a un morro, se soltó la carcajada, pidió detalles. Nos la pasamos muy lindo.


Al siguiente viernes, regresé cansado del trabajo y otra vez lo encontré en la sala cogiendo. Dos hombres desnudos lo agasajaban; uno de rodillas chupándosela, mientras con el otro se besaba con intensidad acariciándole las nalgas en éxtasis, dejándose querer. "Hola tío" volvió a decirme. Ah no, ahora sí no. "Haber mocosos, vayan a la habitación, orale". Espantados se levantaron en chinga, recogieron su ropa y avergonzados corrieron por el pasillo. Era un par de gemelos guapísimos que parecían Querubines. Rubios, de caideles, delgados, altos, nalgones. Parecía elenco de Bel Ami, todavía le hice una seña a mi sobrino, amenazándolo... Comí algo. Hasta la cocina se escuchaba el faje que se traían. La pura pujadera. Me fui a acostar. En la madrugada, sentí que movieron la cama, desperté sobresaltado. Me tocaron. De un brinco prendí la lámpara. Eran los gemelos, uno a cada lado, viéndome retadores, dueños del momento, desnudos, idénticos, parecían un espejo. Rondaban los 19 años, de ojos azules, blancos, lampiños, de músculos definidos como una escultura; brazos, pecho, abdomen, pelvis. Sus penes perfectamente iguales, circuncidados, rosaditos, depilados. Traté de incorporarme, intenté decirles que se salieran, cuando sonriendo y sin hablar se metieron bajo mi sábana. Sus cuerpos sudorosos ardían de excitación, olían a puro sexo. Uno buscó mi boca, el otro me quitó el short. Con gran coordinación, uno besaba, el otro mamaba y luego intercambiaban. Me dieron una repasada. Besos y besos. Me resistía, pero no se detuvieron. Bueno, pues accedí. Me destaparon. Dejaron escurriendo saliva por todas partes, levantaron mis piernas, lamieron mi culo, chuparon como les dio la gana. Uno se levantó y de mi buró sacó condones y lubricante (ajá, desgraciados, ¡ya habían estado ahí!). El que estaba montado sobre mi abdomen, se recorrió para atrás y la recibió, su hermano lo ayudó. Suavecito le entró toda. Tenía el ano abierto, casi colapsado, así lo había dejado mi sobrino. Se movía rico, con ritmo, la sacaba hasta la punta; el otro ponía más lubricante, escupía. Riquísimo. Luego, el otro pidió, deslizándose se la comió toda. También estaba delicioso. Nunca dejaron de besarme. Sentí que me iba a venir, mi verga no distinguía los anos, sólo frotaban tan rico. Abracé al del turno y eyaculé casi gritando. Qué morbosidad... Me abrazaron. Se quedaron un momento. Se levantaron y salieron cerrando la puerta, dejándome usado, cogido, sucio, ultrajado. Tratando de entender lo que había pasado, quité el condón, limpié con la misma sábana y dormí rendido. Al otro día mi sobrino llevo el desayuno a la cama. Se acostó a abrazarme, permanecí serio. Haciendo gestos de niño arrepentido, preguntó varias veces si ya lo perdonaba y también si me había gustado la sorpresa que me envió, diciendo: "están buenos los gemelos ¿verdad?, Y son bien calientes". No aguanté y me ataqué de risa. Lo regañé diciéndole que ya lo iba a llevar a la central de autobuses para que se fuera, sus papás podían pensar que lo estaba pervirtiendo. Con carita de inocencia, volvió a pedir perdón diciéndo que se quería quedar otros días y que iba a ser más discreto. Como soy consentidor, acepté y ya me contó que en su casa sabían que le entraba a todo lo que tuviera agujero... "uy, tiene años que saben que soy bisexual y en el pueblo todos lo saben también, he tenido novias y novios, soy bien popular, me dicen "El Tecate"... No paré de reir, no tuve qué preguntar por qué le decían así.


La mañana que se fue, desde arriba del camión me dio adiós con la mano y rápido volteó a hacerle plática a una chavita que iba a su lado. Cuando llegué al edificio de mi departamento, en la banqueta estaban los gemelos; sin mostrar ninguna reacción insinuante preguntaron por mi sobrino, les comenté que acababa de llevarlo a la terminal, fingieron gestos de frustración, se quedaron viendo y preguntaron si podía prestarles mi baño. Por supuesto que afirmativa fue mi respuesta. Les vi las nalguitas hermosas mientras subían las escaleras, se dieron cuenta y más se contonearon. Qué buena tarde pasamos. Hermosos jovencitos, sobre todo "calientes" como dijo El Tecate... FIN. 


LEYENDA URBANA. 


Nota. Con esos gemelos tuve otras experiencias hasta que terminó mal; ya fue publicada una parte hace tiempo, la voy a recuperar para completarla. Gracias.


#relatosleyendaurbana

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