Charrito

 Relatos Gay desde el Cuarto Piso 

AMÍLCAR. CUARTA TEMPORADA. 


CHARRITO.  


Mi padre detestaba a los Charros. Decía que eran rancheros que dejaron de trabajar porque se lastimaban las manos y se dedicaron a divertirse con las vacas, por más que le explicábamos que era un deporte, se negaba a entender. Sucedió que una ocasión en el tiempo en que traía de amantes a los Chapines (Arles y Duverli, de ellos ya he contado en el relato "Triángulo de amor en el rancho") y que eran los Caballerangos del rancho, fuimos invitados a participar en una exposición de ganado de un pueblo cercano al nuestro que celebraba su feria anual. Mi padre me encargó la instalación de los espacios de exhibición porque él llegaría después. Se suscitó que unos vatos de Jalisco se instalaron a lado de nosotros; conversamos, según no sólo iban a la expo ganadera, también formaban parte de una cuadrilla que participaría en las Charreadas, es decir, que eran Charros. Me cayeron muy bien, era un señor y sus hijos, incluso les presté unas láminas para sus corrales pues no les alcanzó el material. Mi jefe llegó al otro día y desagradable fue su sorpresa cuando estas personas (en ese momento vestidos de Charro) le agradecieron nuestra gentileza. Uta, mi papá estaba encabronadísimo por lo que había hecho. Me trajo en bajada todo el día; pero lo soportaba porque en las noches, en el hotel, Los Caballerangos se metían a mi habitación y follábamos de lo más delicioso; amanecíamos empiernados. El mero día de la feria, llegaron familiares del señor mentado y nos saludaron también. Todos estaban vestidos de Charro y lucían guapísimos, suputamadre, era como para echarlos al aire y arrempujarle los frijoles charros al que pudieras cachar; altos, delgados, nalgones, muy varoniles y con el porte elegante que resalta el traje muy mexicano que usaban. Me temblaban las piernas de ver tanto hombre, Padre Santo, soy muy homosexual. Mi papá se portó muy grosero, pero yo fui amable y conversamos un momento. Con ellos estaba un morrito como de mi edad (16 años), muy flaquito y bajito, guapo y blanquito, espalda ancha y piernudo, que no me quitó la vista. Le gustaba el camote. Al rato, de pura casualidad, encontré al Charrito en los baños; unas sobadas le di a mi bragueta y no aguantó la tentación. Quedamos de vernos en la noche. Al final de las actividades, mi papá se fue a beber con los empleados, a celebrar que ganaron los primeros lugares del concurso de ganado. Yo fui al hotel a esperar al Charrito, como habíamos quedado. No llegó a la hora acordada y me disponía a dormir cuando tocaron la puerta. Era él, entró apresurado y sudando. Iba estrictamente vestido de Charro, con sombrero en la mano, seguramente no se había cambiado desde las Charreadas. Fajamos muy rico. Me puso unas buenas chupadotas. Se desnudó. Le revisé el culo y lo tenía bien suavecito, dilatado pues. Le metí los dedos y olí. Parecía que estaba recién cogido. No le di importancia, ni tampoco le iba a preguntar. Tal vez así era el recipiente, y ya saben, como dice el dicho "entre más flojo mejor porque lastima menos". Le puse unas lengüetadas y aunque sabía a sexo, estaba limpio. El morrito no aguantaba la calentura y exigió que lo cogiera. Con pura saliva se la dejé caer y la profundidad de su recto estaba sumamente caliente; la albergó toda. Blancas las nalgas, en forma de corazón; una maravilla los Altos de Jalisco. Su anito se distendía con armonía al sacarla y meterla, le salía agua. Era todo un espectáculo. Estaba muy rico. Lo estuve limando en cuatro un buen rato, luego se subió en mí y me cabalgó con tal sabrosura que no sabía si el placer estaba en mis genitales o en mi vista al apreciar que la disfrutaba con un ardor y erotismo como si realizara las habilidosas suertes del deporte Charro: se movía, se tocaba, pellizcaba sus pezones, agarraba sus cabellos, chupaba sus dedos; mi pito entraba y salía el tanto que él deseaba, buscándose el punto, rascándose, picándose; a cada tanto, la sacaba y escupía, embarraba la saliva y volvía a ensartarse. Se mató lo suficiente hasta que solita le brincó la leche. Ya casi iba a venirme, pero se bajó a mamarla y terminé en su boca. El chico era experto. Después de que se fue, creí que llegarían los Caballerangos a sacarme la poquita que me había quedado, pero no fue así, me cansé de esperarlos, me bañé y me dormí.

Al otro día, mi papá tenía mucha cruda y se quedó tumbado en el hotel con vómito y diarrea. Me encargué de que fueran levantados los corrales, nuestra exposición, y embarcado el ganado para el rancho. Los Charros de a lado agradecieron de nuevo las atenciones y nos despedimos cordialmente. Cuando terminamos, los demás empleados de mis papás se fueron, llevándose el ganado, y mis amantitos y yo nos dirigimos a comer a un restaurante. Encantados de estar sólo los tres, nos tocábamos las piernas por debajo de la mesa o rozábamos nuestras manos, nos decíamos cositas, coqueteábamos, les decía las cochinadas que ibamos a hacer terminando de comer. En eso estábamos cuando llegaron los Charros que conocíamos y con ellos el morrito que me había hecho los honores la noche anterior. Nos saludamos y se retiraron a una mesa. Uno de mis muchachos, Arles, fue al baño; creyendo que podía darle unos besitos fui a alcanzarlo. Estaba dentro de un sanitario; por molestarlo me subí a la taza de a lado para espiarlo. Casi me tuerzo del coraje al ver que estaba encerrado con el Charrito y este se la estaba mamando. Muy enojado me dirigí al hotel. Mi papá se había ido a curársela a algún bar. Arreglé mis cosas disponiéndome a regresar al pueblo. En eso estaba cuando tocaron la puerta. Era el Charrito y mis amantes. Los corrí, pero se metieron a la fuerza. Me agarraron, me desnudaron. Me opuse, "muy ofendido", pero eran tres y soy débil. Nos atascamos. Se armó una mamadera de la cual yo era el privilegiado. Se concentraron en lamerme de la cabeza a los pies y disfruté el oral a tres bocas: dos en mi glande y uno en mis bolas. Cogimos de forma exquisita y el efecto visual fue inaudito de tanto morbo. Los cuatro nos entregamos sin importar el tiempo y el ruido que de nuestro placer emitimos sin ningún pudor. Ellos alternaron sus agujeros y pitos, compartieron; yo era estrictamente activo, y hubo un momento en que por turnos se horcajaron en mí, la carne palpitante de sus anos hicieron vibrar mi miembro, me usaron como quisieron. Grandes manchas de semen quedaron en la sábana. Nos bañamos juntos y el Charrito se fue feliz. Muy divertidos, los Caballerangos me contaron que se habían cogido al Charrito la noche anterior, que se la metieron los dos al mismo tiempo y que era extremadamente goloso; entendí que por eso había llegado tarde y abierto a mi habitación y que el líquido que le salía no era agua, eran los gérmenes de esos cabrones que lo dejaron bien preñado. Aunque me excitó mucho lo que habían hecho, tuve qué darles unas cachetadas y sentenciarlos que eran míos y no los iba a compartir con nadie. Juraron nunca más volver a hacerlo, luego los besé y mordí, jalándolos de los cabellos, para que supieran quién era su papacito. Quedaron muy contentos. 


Mi papá no regresó con nosotros al pueblo, mi mamá no se inmutó porque ya sabía que se echaba la parranda, pero muy tranquilo. 



Una tarde de dos días después de nuestro regreso a casa, llegó el Charrito a verme. Según estaba visitando a unos familiares y había investigado dónde vivía. Pasamos a mi habitación y volvimos a coger muy rico, antes de irse preguntó por mis empleados. Lo mandé al carajo, esos vatos eran míos. Cuando se fue, mi papá me regañó por llevarme con el Charrito. No le hice caso, pero mi mamá se soltó la carcajada, intrigado pregunté el porque le daba risa. Me contó que mi papá odiaba a los Charros porque ella tuvo un pretendiente que practicaba la Charrería y mi papá lo consideraba rival que hasta lo agarró a golpes y le apagó un ojo. Mi viejo, muy serio, hacía de cuenta que no escuchaba. Nos matamos de risa. 

El Charrito llegó a verme todos los días mientras estuvo en el pueblo y siempre me la dejaba oliendo bien fuerte al moco de su culo hambriento; eso me encantaba. Mi papá, a la fecha, sigue despreciando a los Charros. 


LEYENDA URBANA.

#relatosleyendaurbana


Únete al Grupo Oficial de Facebook

Relatos Gay del Cuarto Piso

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El Chacal de la Colonia LU23-T1

TRIANGULO DE AMOR EN EL RANCHO (LU-22-T1)

MI PRIMER TRÍO (LU-11-T1)