OJOS NEGROS (LU-14-T1)
Relatos Gay desde el Cuarto Piso
Colaborador: #relatosleyendaurbana
OJOS NEGROS.
Al salir de mis prácticas me gustaba ir a un parquecito en donde se respiraba alegría. La gente del sureste es tan cálida y sonriente. Al ritmo de la marimba, se armaba el baile. Sin intenciones sexuales me sentaba a ver a las familias disfrutar de su tiempo libre. En una de esas ocasiones, lo vi. Tierno el hombre, de mirada tan serena. Me gustó su forma de vestir muy formal. Camisa blanca de manga larga (cerrada hasta el cuello), pantalón negro perfectamente planchado, zapatos bien boleados. A todos sonreía, inclinaba la cabeza. "Qué hombre tan magnético" pensé. Di una vuelta. Me senté cerca, era morenito (me encantan), de bigote finamente recortado, ojos negros intrigantes. Le busqué la mirada, y cuando me vio, le sonreí directo. Respondió como saludo. El anzuelo estaba echado, ya no dependía de mí. Se acercó el señor de las paletas, estaba comprando cuando sentí su presencia. Esperó turno para comprar y después de saludar muy amable, preguntó cuáles estaban buenas, el paletero dijo que todas, pero que se vendían mucho las de rompope. En mi mente casi gritaba el demonio del homosexualismo: "¡la mía! Bebé, ¡La mía está buenísima!, le sale mucha agüita, ¡Te la presto". Su voz pausada y amable me aterrizó:
--"¿usted de cuál eligió?".
Coqueto, respondí
++" bastante"
--"¿cómo?" volvió a preguntar...
++"Ah perdón, estaba pensando otra cosa, este, elegí de tamarindo" dije, dirigiéndome a la banca (digo, tampoco soy una chica fácil)
-- "Elegiré igual" escuché que dijo y pagó.
Se acercó y se sentó a mi lado. Al decir la primera palabra me di cuenta que poseía un tremendo Don para la conversación. En pocos minutos ya le había dado mis generales y contado lo que hacía ahí; por su parte me contó un poco de sí, aunque rodeado de misterio como siempre sucede: nombre falso, actividad inventada, origen incierto, "que venía de ahí cerquitas". Conversamos mucho. Siempre sonriente. Me gustó. De un momento a otro se despidió y se fue. Weey, me quedé con la verga goteando. Esa noche soñé que le ponía una cogidona que lo dejaba batido de mecos. Pasaron las semanas, iba a ese lugar para encontrarlo hasta que un día se me hizo. Otra vez, pulcro, pero de camisa manga corta. Tendría como 25 años. Ahora sí "no iba a perder mi tiempo". Lo saludé, siempre amable. Dije que quería platicar con él pero que me sentía muy sucio, que quería bañarme, le propuse si me esperaba o me acompañaba. Sus ojos perdieron compostura. Aceptó acompañarme. "Ya cayó, qué rico". Caminamos. Le temblaban las manos, volteaba a ver por todas partes. "Es closetero, seguramente casado, no me gustan así", pensé.
++ ¿eres casado o comprometido?. Pregunté.
-- "casado todavía no, sólo comprometido". respondió perturbado.
"Mmm, al cabo es lo mismo". Mis ganas se derrumbaron. "En fin, me baño y salimos". Él seguía en silencio. Pensé en decirle que me esperara en la recepción del edificio, pero sería algo grosero después de haberlo invitado. Se sentó en el sillón, le pasé el control de la TV. Me meti a bañar, cuando salí, estaba en mi habitación, su mirada había cambiado. Me miró de arriba a abajo. Me quité la toalla. Mi pene aún en reposo es grande y al sentir una leve irrigación se pone gordo y una vena que resalta se forma como un bastón. Sus ojos negros se tornaron penetrantes. Mi cuerpo y cabello mojado le excitaron. Se levantó y tomó mi pene, lo peló, olió, acarició como si fuera un objeto que estaba descubriendo, sin embargo, cuando se la metió a la boca sus labios, lengua y paladar expresaron lo contrario. Succión efectiva, pero suave como sus manos que giraban las dos al mismo lado. Se me puso bien dura. Lo retiré, la exprimí y salió el chorrito de líquido que me gusta salga y toque el piso. La volvió a tragar. Qué fascinación verlo de rodillas dedicado a darme placer. Sin dejar de mamar, se fue quitando la ropa, qué divertido verlo apurado. Nada qué ver del hombre que vi en el parque. Se levantó, se quitó la trusa Zaga y se acomodó de cañon en la cama pujando, gimiendo. "Rómpeme el culo" dijo fuerte con su voz ronca. Apretado el ano, lampiño, cerrado. Que tuviera esa actitud contraria a como lo había visto me excitó mucho. Busqué un condón, unté bastante lubricando, un poco de lidocaína y le di un empujón... ¡Mmmjjjjmm! Se quejó pero entró la cabeza. Más lubricante y la metí hasta la mitad. Mordió la sábana y ahogó un grito fuerte, muy fuerte de dolor. La saqué otra vez, sangre. Más lubricante. Ahora entró toda. ¡Toda!... A pesar del preservativo se sentía hirviente. La trinqué al fondo. Apretado, muy apretado. Él mordiendo la sábana, que escena tan deliciosa. Pocos la habían aguantado en dos golpes. Mientras dilataba aproveché a besarlo de la espalda, su piel era hermosa, ni una marca, ni una estría, ni un salpullido. Mordí su cuello, levantó la cara quejándose, sólo dijo "sin marcas". Uff, qué rico ano, no podía dejarlo así sólo por mi prejuicio de no coger con comprometidos.
Mientras mi conflicto moral acrecentaba, sin dejar de pujar ordenó "ya, dale, rápido". Ok, eso quieres. La saqué tantito, resistió el piquete. Así le gustaba, con dolor. Está bien. Empecé a moverme. La saqué, revisé, bastante sangre. Lo volteé, levanté sus piernas y otra vez la metí al fondo. Gritó más fuerte, pero no me importó. Era sexo duro. Creo nunca había cogido así. Todos se rajaban. La metí rápido, me detuvo "no, así no, me duele el estómago". Aguanta. Así querías ¿no?. Seguía apretado. Le seguí dando, metí mis rodillas bajo sus piernas para sentarlo sobre mí y lo levanté de las nalgas para dejarlo caer en toda mi verga, cuando lo tuve sembrado apreté abrazándolo de su cintura para distraer su dolor. Fuertes metidas. Yo de rodillas, él montado, de frente como cogen los hombres, su pene rozaba los vellos de mi abdomen. Se frotaba. No avisó, sentí su cuerpo temblar y me mordió el trapecio. Parecía desmayarse, gritaba, sollozaba como perro mientras su semen se embarraba en mí. Qué asquerosamente delicioso. Sudando, quise seguir y ¡PUM!... Regresaron los ojos negros amables y únicos que me atrajeron. Súbito, se quitó, sin voltear y tapando su desnudez levantó su ropa, se metió al baño y en tiempo récord salió con los ojos llorosos. Para eso ya me había cambiado el condón y estimulaba mi fierro para volverlo a encajar, ¡Iluso de mí!... Así desnudo como estaba crucé los brazos para seducirlo. Al pasar a mi lado sólo dijo "perdóname" y su paso veloz terminó con el portazo que anunció su huida. "¡Maldita sea! Pero si el pendejo soy yo por coger con gente comprometida" pensé... Mientras mi verga tiesa reclamaba. Me arreglé, me fui de antro. Alguien iba a apagar esta calentura.
Una noche que me tocó el turno en el hospital regional, salí a fumar a la calle, a donde los familiares de pacientes acampan, estaban los religiosos repartiendo atoles y arroz con leche. Lo ví. Ahí estaba con sus ojazos negros, amable, misericordioso, tierno. Con atuendo de estudiante de teología, era seminarista. No me sorprendió. Había sido lindo haberlo estrenado.
Otra tarde lo encontré en el mismo parquecito, con confíanza me acerqué a saludarlo. Sin esperar mi saludo cordial, dijo "No" terminante, se levantó y se fue.
Entendí.
Era sólo para una vez, no volvería a molestarlo, al menos me quedó el consuelo de que su compromiso no era lo que yo pensaba, pues al final. Estuvo rico. Me hubiese gustado que fuera mi amigo. Hubiese sido lindo.
LEYENDA URBANA.
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