EL REENCUENTRO CON EL VAQUERO (LU-20-T1)
Relatos Gay desde el Cuarto Piso
Colaborador: #relatosleyendaurbana
LU-20-T1
EL REENCUENTRO CON EL VAQUERO.
Cursaba la Universidad y una tarde de fin de semana, me llamaron mis tíos diciendo que se encontraban en la ciudad y querían verme (los mismos que llevaron a esos dos vaqueritos, Ramón e Ismael, al rancho y lo de cual ya conté). Me dio mucha emoción. Quedamos de vernos en un bar en el centro histórico. Nos saludamos en una algarabía de bromas, como solíamos hacerlo. Pedimos bebidas y botanas, todo rico. Platicábamos a gritos, cuando entró uno de mis primos, el que faltaba, con un tipo como de 20 años. El joven llamó fuertemente mi atención. Era alto como de 1.90, blanco, cuerpazo, brazos muy fuertes, barba cerrada bien arreglada, lentes oscuros. Playera y bermuda. "¡Qué onda primazo!" Me saludó el pariente y nos dimos un abrazo bien tronado como acostumbran los rancheros. "Mira te presento a un amigo" me dijo, le extendí la mano mientras pensaba que el tipo estaba buenísimo. "Qué tal-- me dijo-- mucho gusto", pinche vocesota, la bolsa de mis bolas se recogió como si tuviera frío. En el convivio, el bato no volteaba a verme ni se había quitado los lentes. Me sentí incómodo (lo sé, soy demasiado ególatra y vanidoso).
Mi tío dice
-- Y qué, ¿no lo has reconocido?
++ ¿A quién o qué?. Respondí, sin saber de lo que hablaba.
Dirigiéndose al bato le dice:
-- Mijo, quítate los lentes.
¡PTM! Ahí estaba, no mames, se me cayó el calzón al piso, me vine en seco, me dieron ganas de ir al baño. ¡Era Ismael!... Qué belleza de hombre, maldita sea mi suerte... Se empezó a reír y me dice "ya sabía que no me reconocerías". Se levantó y me abrazó poniéndome en vilo y sin pena me dijo: "estás guapísimo Amílcar, mucho más de cuando te conocí". Se atacaron de la risa. Ya no atendí lo que siguió después. Al despedirnos en la Plaza Central, se quedó al final. La verdad, yo moría de nervios, él muy sereno. "¿te parece si nos vemos mañana?, Sólo tú y yo, tengo muchas cosas qué contarte".. Por supuesto, acepté... ¡Dios mío!. No pude estudiar esa noche, ni dormir. Habían pasado casi siete años de aquel tiempo, no entendía por qué había desarrollado tanto y también por qué sentía esa punzada odiosa del amor en el estómago.
Conté los minutos para verlo.
Lo esperé en la recepción del hotel donde se hospedaba con los demás. Bajó puntual. ¡Padre Santo. Era una exquisitez de hombre, estaba tan ¡sabroso!. Vestía informal y esa sencillez lo hacía resaltar mucho más. Salimos a pasear. Hombres y mujeres se le derretían. Conversamos mucho. Yo no tenía mucho qué contar; la escuela, los amigos, salidas al antro, el gimnasio, mis proyectos, en fin, la verdad nada interesante porque pues obvio no le iba a contar la fama que me había hecho de cogelón. Por su parte me contó que en su familia sabían que era gay, acababa de cumplir 19 años (aquí no entendí bien), terminó la prepa, pensaba seguir estudiando, era independiente, tenía su propio rancho, tenía ganado y producía lácteos, mantuvo una relación con un chico con el que duró cinco años y se quisieron mucho hasta que pues terminó el amor y quedaron como amigos.
En verdad que me estaba clavando un vidrio por la seguridad y personalidad con la que se expresaba, de una madurez que nunca hubiera imaginado.
Entramos a un bar, pedimos cerveza. Conversamos mucho hasta que llegamos al asunto de cuando nos conocimos. Recordar hizo que riéramos más y entonces me confesó algo que me dejó pasmado cuando le pregunté por qué había cambiado tanto su físico.
-- Pues es que ya crecí -- riendo a carcajada limpia -- te voy a contar, cuando estuve en el rancho tenía 12 años, el día que nos dejamos de ver apenas cumplí 13 y pues no había desarrollado.
++ ¡Qué! Pero si decías que ibas a cumplir 15 y estabas casi de mi estatura. Dije en verdad sorprendido.
-- Nunca se te ocurrió preguntar mi edad con nadie y como era fuerte y de mal humor pasaba como que estaba de la edad que decía, bueno pero no importaba que nos diéramos nuestros besotes porque tú también estabas bien morro.
++ ¿Te acuerdas que le pegaste al hijo del Capatas?, No me acuerdo cómo se llamaba. Comenté haciendo el ademán de la memoria.
Se empezó a reír hasta la carcajada.
++ Hazte pendejo que no te acuerdas, se llamaba Pedro y bien que le arrempujabas los frijoles. Wey me daba un coraje cuando los veía que se besaban, estaba tan obsesionado contigo que te seguía a todas partes. Me gustabas muchísimo Amílcar, me sentía tan enamorado de tí y esa última noche cuando dormimos juntos la recuerdo perfecto por las cosas tan bonitas que me dijiste y aunque no me creas, todo eso lo apliqué a mi vida, tan es así, que me esperé tanto para mi primera vez con el chico que fue mi novio, por cierto se parece a tí.
Otra vez nos atacó la risa, cualquiera que nos hubiera visto pensaría que éramos grandes amigos.
Recordando y confesando, le conté que aquella mañana lo busqué para felicitarlo por su cumpleaños y despedirme, pedirle un número de teléfono para vernos después, pero no lo encontré y pensé que se había escondido.
Se empezó a reír y con cierto dejo de reclamo me dijo que se había adelantado a caballo a esperarme cuando llegara a la carretera, pero que me vio hablando con Pedro. Le dolió mucho y juró nunca más volver a verme pero con el tiempo su forma de pensar cambió y cuando mis tíos lo invitaron a visitarme aceptó con gusto. Nunca me lo hubiera imaginado. No supe qué decir. Todo había sido tan rápido, tan complicado. Éramos unos chavitos que no teníamos ni idea de lo que hacíamos, al menos para mi todo era diversión y al final, la prudencia o reacción que tuve, fue presionado por mi Nana y las circunstancias. Vio que cambió mi actitud, "pero no recordemos cosas tristes, ya todo pasó, haber cuéntame cuántos novios has tenido" preguntó muy curioso. No iba a revelar que andaba de cama en cama y que tenía tantos pretendientes, así es que inventé algo que no recuerdo bien, Ismael de dio cuenta y riéndose me dijo "eres bien cabrón, si se te ve que no paras de repartir, por cierto me acuerdo cómo dejabas a mi hermano, el pobrecito quedaba oliendo a tu huevo todas las noches"
También riendo le respondí:
++ Fiii, pero es que está bien chingona ¿ya no te acuerdas que era tu juguete?.
-- Sí lo recuerdo, por cierto, también de ahí crecí. Reímos.
Pregunté por su hermano. Me contó que se había ido al "gabacho" de indocumentado. Después de que se casó, su vida se volvió un desmadre, tomaba mucho y ahí en la ranchería donde vivían comenzó a circular el rumor de que cuando estaba tomado buscaba hombre y se fue metiendo en más problemas. Se divorció y se fue. Chale, qué feo.
En confianza platicamos de todo, sus escapadas a reventarse a los antros de la Ciudad de México vistiendo de Vaquero (eso es un fetiche bien intenso en el ambiente), sus aventuras, sus pretendientes. Yo conté algunas cositas. Me preguntó por mis papás, el rancho, mi Nana.
-- Por cierto tu Nana fue muy linda conmigo, hasta lloré en sus brazos. Me dijo con seriedad.
Le pregunté cómo había sido eso. Me contó:
-- Esa mañana que te fuiste a Santa Anita, me quedé bien enojado, tú no me tomabas en cuenta y hasta te daba risa mi forma de ser, pero yo en verdad sufría. Estaba todavía viendo por dónde te habías ido cuando llegó Pedro a la casa, habló con tu Nana y se fue a galope tendido rumbo a donde te habías ido. Comprendí que era para ir a hablarte y toda la tarde me la pasé imaginando lo que habían hecho porque él ya no regresó, entonces estaba atrás de la casa muy triste esperando que regresaras para reclamarte, olerte, preguntarte cosas y tu Nana se acercó a mí para preguntar qué tenía. No dije nada, pero ella muy sincera me dijo: "Es por Amilcar que estás así verdad, mijo"
No respondí nada, pero ella entendió, entonces me abrazó y el calor de su cuerpo me hizo soltar el llanto que tenía guardado. Ahí cerca del gallinero lloré todo. Tu Nana me abrazó muy fuerte y me dijo "ya se te va a pasar hijito lindo, todavía vas a crecer, ¿de verdad te gusta mucho mi Amilcar?". No dije nada, sólo lloré mucho. Nadie nos vio. A los dos días, cuando pasaba por la caballeriza vi a Pedrito, me quedó viendo feo y me acerqué a preguntarle qué me veía y como no respondio le solté un madrazo que hasta lo tumbé y ya de ahí nos revolcamos, si hubiera sabido que tenía sólo 12 años le hubiera dado vergüenza que un niño le pegara, no sé qué te gustó de ese, si estaba feo.
Nos quedamos viendo y nos reímos más, parecíamos mariguanos..
Así la pasamos entre cervezas y risas. Fue una noche encantadora.
Al salir, caminamos al hotel. Me dijo que al otro día se iban, me invitó a su rancho el próximo fin de semana. Acepté con mucho gusto. "Ahí vamos a ver si es cierto" me dijo sonriendo muy pícaro. Sólo solté mi risa mientras me alejaba. "Ahí lo vamos a ver, ahí lo vamos a ver" le respondí. Muy contento y con unas cervecitas encima me fui caminando, pasé por el zócalo, había el montón de chavos y señores que buscan acción o qué talonean vendiendo la caricia, me tiraron la mirada, algunos se tocaban el paquete o metían sus manos en las bolsas traseras del pantalón. "Uy no, ya me voy, no me quedo aquí" pensé, cuando vi a un wey bien sabroso como de unos 35 años que me llamó. "no, no, no. Ya me voy, císcalo Diablo Panzón" pensé divertido. Tomé un taxi para el departamento. En el trayecto pensaba que iba a guardar mi leche toda la semana, iba a ser para Ismael, por fin iba a probar ese culo que se me antojaba buenísimo. No mamen, soy bien puto.
Mandó por mí a la central de autobuses. Cuando llegué al rancho sus Vaqueros me quedaron viendo raro, tal vez porque iba de tennis, playera y bermuda. De lejos se acercó trotando, se bajó de su caballo y me abrazó. No mames, se me paró tantito cuando sentí pegado su cuerpo sudoroso oliendo a pasto, a cuero; su barba me raspó. Me pasó a su casa. Muy bonito lugar. "¿Trajiste ropa para montar?" Me preguntó. Claro que Simón, si hasta llevaba mis botas favoritas. "Arréglate pues, quiero que amanses una yegua". Me dijo. ¡Chale! No quería hacer eso, ¡Si ya era de la ciudá!... Ni modos. Salí con espuelas y la chingada. Alrededor del corral sus Vaqueros me vieron otra vez y discretamente se burlaron. Entré, tranquilicé a la yegua, la monté a la fuerza (como me enseñó mi papá) y empezamos la lucha. Me tiró muchas veces, reparando, relinchando, pateando, tirando espuma, bien brava. Estuve así como tres horas, hasta que rendida la pude domar. me aplaudieron. Di unas vueltas a galope y respondió bien. La montó un Vaquero, se dejó. Me sentí bien chingón. Me di cuenta que le brillaron los ojos. Me dio un recorrido por su rancho, sus máquinas de ordeña, el área de producción. Era todo un empresario. Nos cayó la noche. Regresamos a la casa a asearnos y cenar. Conversamos mucho, era un gran anfitrión. Dispensó a la servidumbre y en la sala sin avisarme me besó. Me tomó de la cintura abrazándome. Casi me levantó pues era más alto. Fue un beso cargado de pasión, con intensidad como si quisiera asfixiar. Bien sujeto con fuerza, apretando. Su bigote pobladísimo me raspó los labios y me hizo cosquillas en la nariz. Metió su lengua, sabía a café. Sentí su pene duro y gimió como si estuviera cogiendo. Me sentí volar, hasta creo que levanté un pie del piso. Cuando me devolvió la respiración, sonrió y sus ojos me dijeron mucho y a la vez, nada. Me agarró de los brazos y piernas, me levantó y me pasó por sus hombros, cargándome como un cordero. Me dejé. Iba en el aire cuando me dijo "ahorita vas a ver". ¡Dios mío! me sentí una doncella a punto de ser entregada al señor feudal. En su habitación (que era enorme, hasta con chimenea), me bajó y me desnudó. Me ejercitaba bastante y mantenía buen físico y me sentí a gusto cuando fue desponjándome de mis prendas, además de mi vergota que seguramente recordaba. Se retiró y de frente se quitó el pantalón, quedó en calzones y camisa. Despertó mi morbo, me estaba excitando de esperar verlo entero en pelotas. Se quitó la camisa. Ptm, tenía un abdomen marcadísimo y sus brazos hacían juego como con cincel. Se acercó otra vez y volvió a besarme, muy apasionado pero lento. Me agarró las nalgas. Recordé que en nuestros fajes de morros, parecía Pulpo. Ahora se tomaba tiempo. Weey, ya quería que me la mamara, me iba a explotar. Sus besos eran candentes pero tiernos, movía sus suaves labios con un ritmo ascendente y luego se calmaba, daba pequeños mordiscos leves y tensos. Uff, no iba a esperar. Me acostó. De mi boca pasó a mi cuello, mis orejas. Me ponía chinito, subió en mí con el propósito de aplastarme. Mordió mis tetillas, mi pecho. Arañó mis costados. Llegó a mi pene. Lo inspeccionó como hacía años. Lo metió a su boca hasta donde permitió su garganta. Qué caliente sentí. Era experto. Movía sus manos sobando resbalando mi prepucio. Qué rico. A mi mente regresaron esas imágenes cuando jugaba a darle piquetes en el culito y se quitaba diciendo "todavía no, todavía no mi amor" mientras con los ojos blancos resistía mi calentura, mordiendo la almohada. Ahora lo tenía prendido a mi miembro, el que tanto había deseado se le internara porque creía que le pertenecía y lo había peleado liándose a golpes, reclamando. Me la chupó tan rico que sentí venirme. Avisé, siguió, me vine. Lo recibió todo y yo gemía casi gritando. La exprimió saboreando mi semen. Por fin lo escupió en su mano y lo embarró en su pene, masturbándose lento, disfrutando. ¡Qué imagen!. Por fin lo vi. Tenía un pene hermoso; rosadito, bien formado, con un prepucio cortito que se quedaba a la mitad de su glande brilloso. Grueso, tamaño perfecto. Así de rodillas como estaba me incorporé a chupársela. Al contacto con mi boca, se estremeció. El sabor de mi propio semen combinado con su saliva me excitó mucho más. Así estuvimos. Él dejándose y yo comiéndolo. Se levantó, apagó la luz y encendió una lámpara en el rincón. Entre sombras, sacó condones, lubricante. Me volvió a acostar, me puso el condón, se lubricó, subió en mí y se fue ensartando poco a poco, pujando como macho, con fuerza, con coraje. Mi verga le fue entrando. No aguantaba. Sembrado quedó con mi verga casi entera y se echó sobre mí. "esperé tanto para tenerte Amilcar, siempre te imaginé así, aaayy, eres un pendejo, aahhh". Me moví lento, muy despacio. Le di duro pero lento.
Aguantaba. Le apliqué "las quinientas" (quinientas empujadas que casi nadie aguantaba hasta el fondo), despacito, movimiendo mi cintura con el rigor de mis mejores cogidas. Suave, lento. No entraba toda. Tenía qué moverlo. Me moví y quedé arriba, así como un pollito le levanté las patitas y se la ensarté... ¡Aaaaayy! Hizo casi a las lágrimas. Lo besé para tapar su boca. "Duele- dijo- duele mucho"... "¡Seee!, Sí duele --pensé-- me gusta que duela"... La encajaba toda y se echaba para arriba resbalándose en la sábana que ya estaba mojada. "No aguanto, me voy a venir --dijo-- dale, quiero que te vengas conmigo"... No respondí, estaba disfrutando tanto, seguí, volvió a presionarme. No hice caso. Sentí mojado mi abdomen, era su liquido prostático, ligas de precum, orines, estaba batido. "No aguanto, ya me voy a venir" volvió a decir. Le di rápido, ahora sí. "ya casi, ya casi --avisé-- yaaaaa"... También gritó. Nos venimos al mismo tiempo. Me desplomé sobre su cuerpo, se movió y mi pene semierecto salió. Seguimos besándonos. No nos detuvimos. Cogimos de todas las formas, a veces haciendo el amor, otras follando. En la madrugada me la metió. Me dio como cobrando venganza. Al final caí sin fuerzas vencido por el sueño.
Cuando desperté no estaba. La verga me ardía pero quería más. Quise moverme y no pude. La cogida y la madriza que me puso la yegua me lo impidieron. Me dolía todo el cuerpo. Me llevaron el desayuno, con trabajos pude comer. Me quedé tirado viendo la tele. A medio día llegó a verme para burlarse, me cargó al baño. Nos bañamos, casi no podía sostenerme. El resto del día sólo conversamos, no salí de la casa. Con analgésicos me recuperé. En una de esas, la noche antes de irme, mientras estábamos acostados, muy serio me dijo: "cuando quieras ven a verme y si algún día quieres quedarte para siempre, puedes hacerlo, aunque seamos sólo amigos". Quise hablar, no me dejó. Cómo en cámara lenta nos entregamos con amor adolescente, con el que había reservado para mí y con el que yo me negué cuando lo tuve en mis brazos, él con 12 años y yo con 15. Fue hermoso.
Al otro día me despidió frente a la casa, me abrazó y me dijo "qué felicidad fue volver a verte y tenerte aquí, había soñado tanto este momento". Para cambiar su tristeza le pregunté
++ Y qué! ¿Valió la pena?, ¿estuvo bueno?...
-- Ahí más o menos, dos tres. dijo y se empezó a reír.
Montó en su caballo, me lanzó un beso y se fue a galope a trabajar. Subí al carro, el chofer arrancó rumbo a la terminal. Mientras me alejaba, fui pensando que iba a regresar y regresé, regresé muchas veces. FIN.
LEYENDA URBANA.
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