DOS HOMBRES IGUALES (LU-15-T1)

 Relatos Gay desde el Cuarto Piso 

Colaborador: #relatosleyendaurbana 


DOS HOMBRES IGUALES.



Después que fui a dejar a mi sobrino a la terminal (de eso ya conté en otro relato) cogí con los Gemelos toda la tarde y se quedaron a dormir. Los chicos lucían y vestían igual, desde el peinado hasta los tennis; al caminar eran como un espejo y conversaban entre sí con monosílabos como si compartieran siempre los mismos pensamientos y creo la condición de ser homosexuales los unía mucho más pues no tenían empacho en compartir al mismo hombre y con una coordinación casi telepática se entregaban al mismo tiempo. Llegaban regularmente a verme, eran insaciables. A veces, en la madrugada, despertaba y los observaba pegados a mi. Caras de ángel, cabellos rubios; hermosos cuerpos tibios, blancos, lampiños, definidos. Me sentía sumamente afortunado. Después de varias ocasiones de cancelarles, me hablaron para reclamar diciendo que ya no quería verlos, traté de explicarles, se molestaron y colgaron. Pasaron los meses. Un fin de semana había dispuesto descansar; ver la tele, pedir comida, no quería ni bañarme. Sólo descansar. Como a media tarde del sábado llamaron insistente al timbre. Fastidiado pregunté quién era. "Soy Damián, el gemelo número 1" (así los había bautizado). Pensé algunos segundos para dejarlo pasar. En fin. Dentro del depa con sinceridad le dije que no quería coger, que me acompañará a ver la tele y cenar. "Encantado, a eso vengo, a charlar, no cojo sin mi hermano". Está bien. Elegimos una película. Pregunté por el gemelo num 2, se aventó "una historia de vaqueros". Fingí creerle. Al rato acomodado en mi regazo y viendo la película, de pronto comenzó a sollozar. Lo atendí. Soltando el llanto me dijo que se había peleado con su hermano, "que le había hecho una chingadera". Ahí me tenía abrazándolo y escuchando. Como no se me da la psicología y soy tan vacío que lo único que puedo ofrecer es sexo para aliviar las penas tuve qué calmarlo. Diciendo que todo se iba a arreglar le dí besos de piquito en toda su carita. Se dejó. Sonriendo con timidez, limpiaba sus lágrimas. De un beso franco pasé a su cuello. "vamos a tu habitación" me dijo susurrando. Lo cargué. En la cama intenté tomarlo con pasión. Me detuvo y con lágrimas estancadas me dijo "despacito". Comprendí lo que quería. Me separé. Puse música, encendí velas, incienso. A media luz me desnudé para él, en silencio. Sus ojos parecían lucecitas que peleaban con las velas. Ahora iba a ser todo suyo, sin compartir. Besé todo su cuerpo, deteniéndome un poco cuando se movía y su piel se tornaba exaltada, sus poros erizados. Pasaron los minutos intercambiando nuestras salivas, diciendo palabras bonitas, acariciando, descansando la piel, dilatando nuestras mentes, embriagándonos, embarrándonos de deseo y sudor. Se quejaba quedito, con paciencia, con dominio. El olor de las velas y el incienso no opacaban el de su aliento caliente. Con cuidado subí en su cuerpo, con amor abrió sus piernas. Sus ojos ocupados en taladrar los míos, queriendo enamorar. Su cabello medio largo esparcido en la almohada mojada era como un vestigio de la fase terminada, un nivel superado que había dejado labios ardiendo y la piel despierta. No habíamos tocado nuestros órganos de placer, permanecían intactos, casi vírgenes. El reloj avanzando. Mi pene cansado de reclamar buscó un refugio y el ano que cerca se encontraba se mostró listo para darle cobijo, para rodearlo con sus carnes, apretarlo con sus pliegues, torturarlo con su calor. Casi inconsciente vi que el condón y el lubricante estaban puestos. Levantó sus piernas, apunté, fue increíble. Interrumpido el momento, al efecto del dolor retornó la voz, un gemido profundo acompañó el instante mismo en que con un crujido mi glande alcanzó el fondo. Parecía que su ano y mi verga tenían vida independiente y compartían de una fiesta. Cuando faltaba el último pedacito de todo lo que ahora le pertenecía aunque fuera sólo por esa noche, me abrazó fuerte y como en una agonía comenzó a temblar y sentí caliente y oloroso su semen entre nuestros cuerpos. "¿Ya?" pregunté, su respuesta fue un beso tierno soltando su respiración en mi bigote viviendo su éxtasis. Intenté sacarla. Todavía temblando, me dijo "quédate así, así quiero tenerte siempre". Lo levanté para sentarlo en mí. Mi verga reventaba, su ano sufría. Apresándome con un abrazo, su barbilla en mi cuello y mirando la pared, lloró. Su semen escurrió por mi abdomen y pelvis. Recuperado, no nos detuvimos, seguimos haciéndolo. Lento, despacito como había encargado. Descolgado su cuerpo al mío, ambientados por el tufo de nuestros líquidos y el olor de las velas que se extinguieron en la madrugada. Agotados dormimos con hambre, nuestros estómagos fatigados también se durmieron. El ruido de la calle en la mañana del domingo nos avisó que la magia habia terminado. Con nuestras bocas oliendo volvimos a besarnos.

Me dijo: "te amo, quiero que seas sólo mío, quiero tener al menos una vez en la vida algo que no tenga qué compartir, quiero que me hagas el amor como ayer para siempre, por favor"... No pude mentir, no me gusta hacerlo. Puse oídos sordos. Apresuré la ducha, la invitación al desayuno, la despedida en cualquier calle. Sentí mucho no mezclar amor con placer. 


El lunes me recibieron en el trabajo risillas pícaras del personal. Cinco enormes arreglos de rosas rojas habían inundado mi consultorio y aunque vacilé un momento mientras leía las tarjetas ordené a mi asistente cómplice que se deshiciera de eso. "Ay qué malvado y cruel" dijo mientras se disponía a sacar todo. No respondí, mi pensamiento se ocupaba en analizar si no me metería en problemas por estos cabrones Gemelos... 


LEYENDA URBANA.


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